viernes, 11 de agosto de 2017

Redes sociales: ¿afecta el uso que les damos a nuestra autoestima?

Vivimos en un mundo mediatizado e informatizado. Las “nuevas tecnologías” son el pan de cada día para casi todo lo que hacemos en nuestra vida diaria y se han introducido en nuestra manera de relacionarnos, a través de las redes sociales y portales de mensajería. Estas se han convertido en una poderosa herramienta para compartir información e interactuar con otras personas de manera instantánea.

Si bien en un inicio se asoció el boom de las redes sociales a un uso más característico de la juventud, la realidad es que cada vez más personas de todos los cohortes de edad las utilizan de manera habitual. Lo que sí es cierto, es que su uso podría ser algo diferente en función de la edad; y que sería más habitual de los jóvenes el uso disfuncional y/o compulsivo.

La vida real vs. La vida virtual
Las redes sociales tienen diversos beneficios, entre los que destacaría personalmente el poder comunicarnos con personas con las que de lo contrario, no podríamos mantener un contacto habitual. Aún así, el uso de las redes sociales puede suponer un doble rasero. Las redes sociales nos mantienen siempre conectados, y cada persona selecciona cuidadosamente la realidad que quiere mostrar a los contactos a través de su red. 

Elegimos mostrar lo mejor de nosotros mismos, situaciones poco comunes, acontecimientos muy bien seleccionados, nuestra versión más admirable. Al final casi todo lo que publicamos dice cosas positivas de nosotros y creamos “vidas perfectas virtuales”.

En algunos casos, sobre todo en personas más jóvenes, aparece una tendencia de mostrar una imagen que difiere en gran medida de la real; hablamos ya no solo de mostrar la cara más positiva de sí mismos, sino de generar una personalidad diferente a la real, una imagen completamente nueva. Diversos investigadores llaman la atención sobre ello, ya que algunos estudios se aventuran a afirmar que incluso, estas personas mostrarían una personalidad diferente o rasgos diferenciados para cada red social.

No obstante, no quiero decir ni mucho menos que querer mostrar lo mejor de nosotros mismos o compartir lo positivo que vemos en nuestro día a día en las redes sea algo negativo; es lógico que queramos mostrar nuestra mejor faceta. El problema no está en compartir más o menos auto-fotos. El problema radica cuando hacemos todo esto para recibir admiración y validación social. Cuando mostramos nuestra “maravillosa vida” o nuestra “personalidad” a través de las redes buscando “likes”, que nos digan lo geniales que somos, la envidia que tienen del viaje que hemos hecho. Que depositemos nuestro valor sobre lo que recibimos de los demás en las redes.

Siendo sinceros, a todos los que utilizamos las redes sociales nos gusta ver indicativos de que la gente aprecia o da valor a nuestras publicaciones. Pero… ¿podemos permitir que sea tan determinante para nuestro autoconcepto y autoestima? ¿Un simple click tiene tanto valor? Cuando la respuesta es sí, es cuando se torna dañino para la autoestima y es síntoma de un problema mayor. Generalmente, son usuarios más jóvenes quienes depositan tanto valor a lo que obtienen de sus redes sociales

¿De qué otras maneras afecta a la autoestima?
Otra manera en la que las redes nos pueden afectar a la autoestima es a través de la comparación. Las personas tendemos a decidir qué está bien o mal, qué es normal o no lo es, a través de lo que consideramos normativo en nuestro entorno. Pues bien, lo mismo viene a ocurrir para el caso de las redes sociales. Los estímulos diarios y constantes que recibimos a través de facebook, instagram, twitter… Todo lo que nuestros contactos comparten sobre “como es su vida” hace que inmediatamente la comparemos con la nuestra. En ocasiones, tras “checkear” las redes sociales podemos tener un sentimiento de desánimo o ligero ánimo deprimido. Ver tantas imágenes “perfectas” o “lugares paradisíacos” que no tenemos y no conoceremos genera un fuerte impacto sobre nosotros mismos.

Además, actualmente en la sociedad nos encontramos en un punto en el que la imagen, la apariencia, parece primar más la esencia de nosotros mismos. Que nos quieran se relaciona directamente casi con la imagen que perciben los demás y esta se mide en el éxito en las redes sociales. Parece increíble al leerlo, ¿verdad?

La manera de interaccionar en las redes sociales es un reflejo de nuestra vida
La manera en la que utilizamos nuestras redes sociales refleja en ocasiones lo que buscamos o necesitamos. De acuerdo con la investigación científica, cuando se utiliza de manera asidua y constante – podemos exceptuar aquí a personas que se ganan la vida de ello como son los y las bloggers, por ejemplo – puede indicar una importante necesidad de validación por parte de nuestro ambiente externo asociado a problemas de autoconcepto, autoestima, y problemas de mayor profundidad. Cuando le damos una excesiva importancia a la opinión de los demás, una persona con baja autoestima podría tender a emplear los medios de las redes sociales para buscar la aprobación que cree necesitar y de no lograrlo, incrementará su malestar.

Con esto no queremos decir que emplearlas signifique tener una baja autoestima, ni que todas las personas que las utilizan a menudo la tengan. Lo que sí quiere decir es que en ocasiones la red social puede suponer un medio, y contraproducente además. Cuando la finalidad de compartir contenidos es distinta a poder mostrar a personas conocidas algo, para lograr un fin personal, es cuando debemos activar nuestras alarmas.

Las redes sociales son una buena plataforma para relacionarlos y compartir momentos. Pero siempre debemos tener presente que: lo que compartimos es accesible a todos nuestros contactos – y puede que más; que son plataformas para relacionarnos y entretenernos; que su uso será perfecto, independientemente de la cantidad, siempre que no lo utilicemos para compensar problemas de autoestima u otras carencias emocionales; que son superficiales y no contienen la esencia, ni mucho menos, de la persona que está detrás de ese perfil.

Las diferentes razones en las redes sociales
Ahora que conocemos estos procesos, vamos a ejemplificar con diferentes razones para compartir los mismos contenidos en redes sociales, lo que nos puede ayudar a detectar comportamientos problemáticos. No tendrá el mismo impacto si:
  • Compartimos un selfie para inmortalizar y compartir un momento porque queremos compartirlo, que porque queremos “que vean lo genial que somos y fardar"
  • No será lo mismo un selfie por diversión que por validación
  • No será lo mismo compartir algo por el gusto de compartirlo que por “enviar” mensajes a otras personas.
  • No será lo mismo compartir para presumir que para compartir.

De acuerdo con un reciente estudio, quienes compartían mayor cantidad de selfies al día en las redes sociales solían tener una autoestima más baja, ya que lo hacían con la finalidad de obtener me gustas.

¿Qué podemos hacer para evitar que nos afecte?
  • Primero, ser realista y no comparar: lo primero que tenemos que tener presente es que todo lo que publicamos y publica la gente está seleccionado. Que todos hagan “tantas actividades” no quiere decir que toda su vida sea así. O que tengan más o menos likes no significa que sean mas o menos queridos.
  • No indagar en la vida de los demás: a menudo, las redes sociales se convierten en un plató de investigación para las personas. Además de que no tendríamos que perder valioso tiempo de nuestra vida con eso, lo que vemos no es la vida ni siquiera la persona: es lo que ha decido compartir. Es una pequeña parte.
  • No medir nuestro éxito a través de nuestros contactos: ni el número de amigos de facebook, twitter, instagram… ni de likes equivalen a nuestro éxito vital o como personas.

Si necesitas orientación, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.

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jueves, 3 de agosto de 2017

Vivir conforme a nuestros valores nos ayuda a sentirnos más satisfechos con nuestra vida

A lo largo del tiempo y la historia se ha escrito y hablado mucho acerca de la felicidad; existen libros, vídeos, películas, canciones, poemas... Se ha teorizado como se logra, todo el mundo la busca, y en ocasiones las personas pueden hacer recaer el peso de lograrla en conseguir ciertos objetivos en la vida. No obstante, no resulta complicado ver el problema de este razonamiento. En ocasiones, podremos esforzarnos al máximo y no lograr aquello que deseábamos y por lo que hemos invertido tanto tiempo. Si reducimos aquello que llamamos nuestra felicidad a ello, cada vez que no logremos nuestros objetivos sentiremos una gran frustración y nos generará una importante crisis vital.

Junto a lo anterior, tenemos que fijarnos en lo siguiente. Todos podemos  pensar acerca de gente que podría considerarse feliz a pesar de no haber logrado todo lo que deseaban. Y por otro lado, podemos ver gente que puede afirmar que tiene todo lo que había deseado pero aun así no se siente feliz.

¿Qué hay de detrás de todo esto? Lo cierto es que cada persona es un mundo y habrá una gran cantidad de factores personales y del contexto que influyen. No obstante, me gustaría matizar que en primer lugar, se ha asociado erróneamente a la felicidad el no sentir emociones desagradables, lo que no sería cierto. Es irreal pensar que por muy bien que puedan irnos las cosas, no vamos a sentir emociones desagradables. En el abanico de emociones que sentimos a lo largo de nuestra vida, tenemos que aprender a dar cabida a todas ellas y que esto no quiere decir que nuestra vida no valga la pena. Por ello, me gustaría hablar más que de felicidad de un balance de vida satisfactoria, sentir que tenemos una vida valiosa, considerando todo lo que pueda venir y afectarnos de manera lícita.

Por otro lado, me gustaría centrarme en aquello sobre lo que hacemos recaer nuestra consideración de satisfacción vital y la percepción de vida valiosa. Al comienzo del artículo, hemos puesto de manifiesto como parece haber personas que a pesar de las adversidades, consideran que tienen una vida satisfactoria; y otras que dicen no tenerla a pesar de lograr todo lo que desean. Por supuesto, serían dos polos de un continuum de posibilidades y de nuevo influirán muchos factores individuales. Pero un elemento clave y sobre el que me gustaría centrarme es el de la vida conforme a nuestros valores personales.

Cuando vivimos por y para lograr objetivos y metas en nuestra vida y hacemos recaer nuestra satisfacción únicamente sobre conseguirlos o no, nunca estaremos del todo satisfechos. En cambio, cuando vivimos conforme a nuestros valores personales vamos a aprender a vivir la vida de manera algo diferente. Con esto no quiero decir que tengamos que dejar de lado las metas que nos marcamos, ni que no tengamos que luchar por nuestros objetivos; tampoco que no podamos experimentar tristeza, rabia, decepción, cuando no los logremos. Sino que no le pongamos a estos objetivos todo el peso de nuestra felicidad y nuestro bienestar.

Si vivimos conforme a la fidelidad a nuestros valores personales, vamos a poder experimentar todo el rango de emociones que nos generan las diferentes situaciones vitales que vivamos, incluyendo la decepción, la sensación de fracaso, la tristeza, la ira, cuando un objetivo no es cumplido… Pero sin perder esa percepción general de satisfacción y vida valiosa, aunque lícitamente pueda no sentirme bien en este momento.
Tenemos que delimitar a qué nos referimos por valores personales. Cuando hablamos de valores nos referimos a un concepto que metafóricamente podría compararse con el horizonte; es un horizonte vital. Los valores son una guía que nos permiten actuar en nuestra vida conforme a lo que es importante para nosotros.  Y en lo que se refiere a valores, no existirán ni mejores ni peores. Cada persona, debe hacer aquí un ejercicio de introspección y establecer cuáles son sus direcciones vitales; que es lo que de verdad importa para sí.

Se trata de una tarea de introspección importante y un poco difícil en ocasiones. Para ello, primero cabría delimitar qué áreas son las más importantes en nuestra vida (familia, relaciones de pareja, relaciones sociales, trabajo, educación, ocio, autorrealización, espiritualidad, salud y bienestar… o cualquier otra área importante que identifiquemos). A continuación, para esclarecer nuestros valores nos tenemos que preguntar: ¿cómo quiero ser en esta área? ¿qué es importante para mi en cada una de ellas? Y clave aquí también, ¿como de importante es cada una? Para establecer qué dedicación haré a cada una de ellas…

Otras preguntas que pueden ayudarnos a delimitar estos valores pueden ser: ¿cómo me gustaría ser recordado/a el día de mañana? ¿cómo me gustaría verme de aquí a 10 años? Sea como sea, se trata de identificar aquí en qué dirección queremos movernos en nuestra vida, delimitar lo importante y conforme a lo que vamos a actuar. Independientemente de lo que los demás tengan como prioridad o los valores que tengan; cada persona tienen sus valores y vivir conforme a ellos será lo que traiga esa satisfacción global con la vida.

Es posible que al responder a lo anterior hayan surgido metas u objetivos: conseguir un trabajo, un ascenso, conseguir una casa, sacarse un grado… Esto no serían valores. Los valores serían la dirección que hay detrás: Ser una persona que se esfuerza por lo que le importa. Lo anterior, vendría como manera de actuar frente a los valores. Y es que el siguiente paso tras identificar nuestros valores, es realizar acciones en función de ellos, para cultivar esas áreas importantes para nosotros. Si mis valores tienen que ver con la familia, puedo realizar acciones en las que me preocupo y estoy con mi familia; si mis valores tienen que ver con ser una persona bondadosa, puedo realizar acciones todos los días en dirección a ello; si es ser una persona trabajadora, puedo esforzarme en todo lo que haga.

Por supuesto, cuando actuamos conforme a nuestros valores,  habrá algunos objetivos que pueden no depender solo de nosotros y que no lograremos; al igual que otros serán sencillos de conseguir. Cuando vivimos conforme a nuestros valores, siempre habrá pequeños objetivos que darán valor a nuestra vida y que son muy posibles (por ejemplo, ayudar a alguien que me importa si mi valor es el de estar para quienes me importan). Cuando actuemos conforme a nuestros valores y aún así no logremos un objetivo o meta importante, seguiremos sintiendo todo un abanico de emociones desagradables. Pero no será el mismo impacto cuando tenemos al menos la satisfacción de haber actuado de manera coherente y respetuosa con nosotros mismos; y tener identificadas las áreas que me importan, y que quiero trabajar en mi día a día, me permitirá continuar actuando conforme a mis valores a pesar del mal momento, y seguir sintiendo una satisfacción de trasfondo. En este momento, nos faltaría ser amables con nosotros mismos, atender a nuestro auto-cuidado y delimitar: ¿qué quiero hacer ahora?

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miércoles, 12 de julio de 2017

¿Por qué puede costarnos desconectar durante las vacaciones? Algunas razones y pautas de mejora.

En pleno período estival, muchas personas estarán disfrutando ya de sus ansiadas vacaciones o les quedará poco para poder hacerlo. Parece que por fin, tenemos un tiempo para desconectar y que dedicar a nosotros mismos. Por fin vamos a poder hacer esa escapada que tanto deseábamos, podremos hacer todo lo que hemos planeado hacer con nuestro tiempo libre, o simplemente nos vamos a permitir descansar y relajarnos. Pero… ¿De verdad logramos desconectar fácilmente durante este tiempo? Muchas personas dirán que sí, pero para otras, sobre todo en función del tipo de trabajo que desempeñen u otras responsabilidades, desconectar de las durante el período vacacional resulta una tarea compleja. De acuerdo con datos recientes, se estima que en torno al 40% de las personas en nuestro país les cuesta desconectar durante este tiempo o que tardan al menos una semana en lograrlo.

Y… ¿Por qué a algunas personas les cuesta tanto desconectar, y más si llevan tiempo deseando poder hacerlo? Parece un proceso paradigmático, pero... ¿qué está ocurriendo?

Lo cierto es que un hecho candente es el tipo de trabajo. No será lo mismo lo que le cueste desconectar a una persona asalariada en una empresa que sabe que cubrirá su puesto durante su ausencia, que si se trata de una persona cuyas responsabilidades no pueden cubrirse adecuadamente durante el período de marcha. Ni qué decir del caso de personas que llevan un negocio y depende de su atención el mantener contacto con los clientes y/o gestionar el negocio.

En términos de un perfil individual, si nos olvidamos un poco del tipo de trabajo, las personas a las que más les cuesta desconectar suelen compartir un sentimiento de responsabilidad muy elevado para con su ejercicio profesional, así como una identidad profesional (“yo como trabajdor/a”) muy elevada. Incluso, puede que algunas de estas personas se traten de lo que se ha denominado como “adictos al trabajo”, quienes no pueden desconectar en ningún momento y experimentan elevados niveles de estrés y fatiga física y emocional. En estos casos, aparece una importante disonancia entre el estrés que les puede generar no trabajar y la conciencia de necesidad de tomarse unos días de descanso.

A lo anterior se suma el momento en el que nos encontramos actualmente. En plena era de las nuevas tecnologías estamos constantemente conectados, por lo que podemos seguir conectados a nuestras responsabilidades laborales y familiares en todo momento. Especialmente candente en el caso de estas personas que tienen que estarlo debido a que son dueños o dueñas de su propio negocio, la conexión constante al móvil y/o redes no nos permite disfrutar si estamos todo el tiempo pendientes, como lo estaríamos en período no vacacional.

¿Por qué es importante desconectar?
Los períodos vacacionales no solo suponen una liberación de tiempo que dedicar al descanso y a lo que nos gusta. Algunos estudios han encontrado que desconectar durante las vacaciones afecta de manera importante a nuestra salud física y mental y es necesario para mantener un equilibrio óptimo. El descanso favorece la regulación y  equilibrio hormonal relacionado con la respuesta de estrés principalmente, además de otros procesos.

En relación con lo anterior, cabe destacar la calidad-tiempo de estas vacaciones. Los cambios neuroquímicos y procesos reparadores que “vienen de la mano” de las vacaciones dependen del tiempo y la calidad de las mismas. Estos cambios suelen comenzar a aparecer tras la primera semana de las mismas, ya que en promedio suele ser el tiempo que necesitamos para lograr desconectar de verdad de nuestras responsabilidades. No obstante, de lo que dependerá de manera crucial que se produzcan estos beneficios o no, será de la calidad de descanso de nuestro tiempo: mientras logremos desconectar de verdad se dará el cambio. De lo contrario, aunque tengamos un período vacacional muy amplio, poco vamos a lograr…

¿Qué podemos hacer para lograrlo?
Lo primero de lo que nos tenemos que mentalizar para aprender a disfrutar de nuestras vacaciones es lo siguiente. Tenemos que aprender a tratarnos con amabilidad y cariño: aprender a permitirnos disfrutar de nuestro tiempo libre, aunque suponga no estar pendientes todo el tiempo del trabajo y otras responsabilidades. En muchas ocasiones, el problema radica en que no somos capaces de soltar esa responsabilidad y al final no nos permitimos desconectar, por lo que no lo logramos.

Por otro lado, existen varios “tips” que podemos seguir para que esta tarea nos resulte más sencilla:

  • Dejar todo lo que podamos cerrado será un gran alivio para esta presión. Cuantos menos temas pendientes queden para nuestra vuelta, más nos permitiremos desconectar de lo que nos espera a la vuelta y podremos marchar de vacaciones con tranquilidad.
  • Planificar las vacaciones y delegar adecuadamente las responsabilidades del trabajo e incluso familiares te ayudará a irte con una mentalidad más tranquila. Saber que aquello de lo que te ocupabas queda cubierto te permitirá desapegarte de la responsabilidad para lograr desconectar. Organizarnos con nuestros compañeros o hacer saber a nuestros clientes, si es el caso, de que vamos a tomarnos unos días de vacaciones.
  • Desconecta de las tecnologías. Estamos constantemente conectados. Salvo que necesites estar pendiente por motivos de urgencia, permítete desconectar de las nuevas tecnologías y de estar en constante contacto con los demás, sea en términos de telefonía, redes sociales, o los que consideres conveniente. Si necesitas estar atento/a al teléfono debido a motivos de gerencia del negocio, intenta marcarte ratos en los que no estés pendiente del mismo e intenta delegar en la medida de lo posible.
  • Viaja en la medida de lo posible y permítete disfrutar y descubrir todo lo nuevo de los lugares que visites; buscar un lugar en el que desconectar y descansar. Si no es posible realizar ningún viaje, descubre parajes en tu ciudad o comunidad autónoma, haz pequeñas excursiones y permítete fascinarte con aquello que encuentres. O simplemente, descansa.

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miércoles, 14 de junio de 2017

Ser compasivo con uno mismo: En que consiste y que genera

La capacidad de sentir compasión por nosotros mismos/as, o autocompasión, se entiende como como la habilidad de tratarnos con amabilidad y comprensión. Supone un pilar fundamental para aprender a querernos y mejorar nuestro bienestar. No significa auto-compadecernos de nuestra vida ni de lo que nos ocurre constantemente, sino que nos referimos aquí a la capacidad de tratarnos amablemente si erramos, para resolverlo. De acuerdo con la Dra. Kristin Neff, investigadora de la universidad de Texas en este área, se define de hecho como un tratarse a uno mismo con gentileza, ser capaz de reconocer las propias luchas como parte de la experiencia humana y ser capaz de prestar atención consciente a pensamientos y sentimientos dolorosos sin juzgarlos ni juzgarnos por tenerlos. Ser capaces de perdonarnos por haber hecho las cosas de manera diferente a como desearíamos para poder movilizarnos hacia lo que deseamos y hacia una solución a lo que haya podido surgir. Permitirnos sentir lo que sentimos para poder resolverlo.

Aprender a tratarnos con cariño y amabilidad a nosotros mismos, de la misma manera que podríamos hacer con otras personas, nos ayudará a llevar mejor diferentes situaciones. Protege y mejora nuestra autoestima, cuando nos permitimos no ser perfectos: porque nadie lo es. Cuando aprendemos a hacer esto, cada vez que cometamos fallos o que actuemos “mal” de acuerdo con nuestro criterio moral, nos estaremos permitiendo no identificarnos con ese suceso. Nos permitimos errar para no definir que por ende ya “hay algo mal en mi” y “ya no valgo”.

Emplear esta forma de autocuidado puede ser especialmente revelador para personas que son muy autocríticas consigo mismas. La autocrítica está bien en el sentido de identificar y mejorar: pero se vuelve despiadada cuando es desproporcionada, o nos fustigamos por lo que encontramos, minando nuestra autoestima. Si observamos desde la distancia, aprendiendo y perdonándonos, podemos realizar la misma mejora sin agredir a nuestro propio concepto.

¿Cómo afecta la falta de compasión por uno mismo?
Cuando no nos permitimos sentir compasión y tratarnos con amabilidad, hay una relación directa con nuestra propia autoestima. Pero además, ejerce una importante influencia en nuestro estado emocional: va a venir de la mano de fuertes anclajes en ira, tristeza, ansiedad, vergüenza, frustración…

Además, puede venir de la mano de altos niveles de ansiedad. Cuando nos exigimos hasta límites muy altos y no nos tratamos con cariño cuando no los alcanzamos, estamos en constante estado de crispación, movimiento y alteración.

Aspectos positivos de la autocompasión
Además de afectar positivamente a lo anterior, ser auto-compasivos nos va a ayudar en otras áreas. A la hora de recibir críticas y halagos, nos permitirá recibirlos desde la  estabilidad: ni creernos mejores ni peores que otras personas. Además, cuando aprendemos a tratarnos de esta manera incrementamos la auto-valoración que hacemos de nosotros mismos a pesar de que podamos enfrentarnos a situaciones complicadas, suceda lo que nos suceda. Aprendemos a no depender tanto de las valoraciones externas (aprobación de los demás, logros, atractivo…) e incrementa por ende la autoestima, como se comenta anteriormente. Además se comparan menos con otras personas lo que se traduce en la manera de relacionarse con los demás.

¿Qué implica ser auto-compasivo, para lograr serlo?
Es una manera diferente de encarar nuestras emociones: quiere decir aceptarlas como son, reconocerlas y aceptar tenerlas. Notarlas, aceptarlas y vivirlas, además de perdonarnos si cometemos errores (los cuales reconoceremos y desde esta actitud actuaremos por resolver) impulsados por ellas. Además, vivir que forma parte de la experiencia de ser humano.
El primer paso para ser compasivo con uno mismo es la toma de conciencia. Aprender a ser conscientes de qué sentimos en cada momento, con cada una de las cosas que nos suceden en la vida. Es esencial aprender a notar tanto las emociones agradables como las desagradables (que en ocasiones podemos etiquetar como negativas). Ponerles nombre y limitarnos a reconocerlas y ser consciente, sin juzgar ni criticar: como si fuéramos espectadores, para analizar lo ocurrido y establecer qué queremos hacer y cuál es nuestra pauta de actuación. Ayúdate a ti mismo/a.

 ¿Qué no es ser auto-compasivos?
No tenemos que confundir, no obstante, términos. Auto-compasión no significa “regodearse” en la sintomatología que tengamos ni a la auto-complacencia. No significa sentir pena por uno mismo ni evadir nuestra responsabilidad. Sino mantener una actitud amable frente a los sucesos que nos permita actuar en consecuencia a lo que corresponda pero sin generarnos dolor ni sufrimiento. Nos permite decir: Me acepto y me quiero como soy, y decido cambiar esta manera de actuar, movilizarme para lograr algo diferente a lo que ya tengo. Y resulta complicado, ya que es muy fácil aprender a autocriticarnos y ser duros con nosotros mismos pero la contraria es mucho más complicada. 

No significa sentir lástima. Sentir lástima por uno mismo lleva a sumergirnos en los propios problemas, olvidando que otras personas pueden tener problemas similares y generando un sentimiento egocentrista, percibimos que “solo nos pasa a nosotros”, exagerando el sufrimiento que acarrea. Además, sentir lástima se diferencia en que estas personas se dejan llevar por el propio “drama emocional” y se sienten bloqueadas. En cambio, tratarnos con compasión y amabilidad nos permite generar conciencia sin dejar de actuar. Ver todo con una perspectiva mucho más amplia.
Tampoco ser compasivo es ser indulgente. No quiere decir: “estoy estresado, así que dejaré todo lo que tenía planificado para hoy y me quedaré todo el día haciendo el vago”. Pero sí significa permitirnos estar estresados, ansiosos, tristes, iracundos… y actuar desde nuestro plan de acción y no desde la emoción.

Conclusiones
Por todo lo anterior, y considerando los niveles de evidencia empírica al respecto, podemos considerar la auto-compasión como una habilidad muy valiosa para nuestro día a día que mejorará nuestro bienestar en el momento de ponerla en práctica.
Sea como sea, no siempre será tarea fácil. Dependiendo de nuestros niveles de auoexigencia, conciencia emocional, y manera de afrontar y procesar las diversas emociones que hay en el amplio abanico emocional del ser humano (sobre todo con respecto al desagradable) puede constarnos más o menos aplicar esta manera de actuar.

Además, si emocionalmente nos encontramos en un período de fatiga o sobrecarga, podemos vernos en una fase percibida como bloqueo que no nos facilitará la tarea. Esto no quiere decir que sea imposible, sino que tal vez necesitemos ayuda profesional para lograr aprender a estar de esta manera.

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martes, 2 de mayo de 2017

Cuando dejamos de hacer lo que siempre hemos hecho...

A lo largo de nuestra vida  hemos pasado, pasaremos y puede que lo estemos haciendo ahora, por épocas de “catarsis” emocional. Cuando nos enfrentamos a nuevos retos, metas, eventos vitales estresantes… Podemos sentirnos desbordados/as y cuando no sabemos como gestionar todo esto, podemos sentirnos bloqueados. Como si no supiéramos como o por donde continuar.

A menudo, y cada vez más por la sociedad en la que nos encontramos, podemos recurrir al pensamiento mágico. Esperar que todo se solucione solo, y además, ya. Estamos acostumbrados, sobre todo en la nueva era de la información, a tener todo al instante y sin casi esfuerzo. Además, a través de la medicina nos hemos acostumbrado a que si algo nos duele, nos tomamos una pastilla y ya está. El mal ha desaparecido. Cuando ocurren situaciones que requieren esfuerzo emocional, podemos no saber hacerles frente, tenemos una muy baja tolerancia a la frustración y poca paciencia. Y además queremos que todo se solucione “por sí solo”.

Esta manera de pensar es lógica si se analiza, pero al final supone una trampa para nuestro propio cerebro. Entramos en una rueda de la que cada vez será más complicado salir. Si no nos encontramos bien emocionalmente y nos quedamos quietos, no podremos salir nunca de ese estado. Si hacemos lo mismo que siempre hemos hecho y no nos ha funcionado, tampoco. Nadie vendrá a resolver nuestras situaciones, problemas, y en definitiva nuestra vida, por nosotros.

La única manera de salir de la rueda es ponernos en movimiento. A pesar de que sea duro, y de que nos duela. Pero si nos quedamos inmóviles esperando una solución o hacemos lo que siempre hemos hecho, no lograremos nuestras metas. Ya que como enuncia Steven Hayes, “si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre obtendrás lo que siempre has tenido”.

Cuando nos colocamos frente a esta idea, en un momento de catarsis emocional, puede ser muy complicado. Muy bien, sí, no puedo hacer lo de siempre, no me lo van a solucionar, tengo que cambiar mis acciones… ¿pero yo que hago? No existe una solución ni una respuesta adecuada a esta pregunta. El ser humano, desde la curiosidad, tiene capacidad para inventar y generar respuestas, infinitas. Para dar posibles soluciones. Igual intentamos 20 soluciones nuevas que no nos funcionan, pero tal vez la 21 sí lo haga. Y simplemente el hecho de ponernos en marcha y de buscar activamente soluciones ya rompe nuestra rutina de actuación. Nos puede ayudar a estar mejor. Y una vez rota esta rutina, nos será más sencillo poder hacer algo diferente.

Para ilustrar esto último, podemos poner un ejemplo sencillo. Imagina que acabas de comer y sabes que, si te sientas en el sofá, vas a terminar quedándote dormido/a o enganchado a lo que estén dando en la televisión. Sabes que sentarte en el sofá, para ti, es un punto de no retorno. Y aún así es lo que haces siempre. Ahora bien, si sabemos esto y cortamos antes de sentarnos en el sofá… Hacemos algo diferente, como sentarnos en una silla de la cocina… ¿Haremos lo mismo? No podemos saberlo, pero si nuestra conducta cambia lo que ocurre después puede hacerlo también.

Si cortamos esa cadena y en lugar de sentarnos en el sofá nos sentamos en una silla de la cocina, por ejemplo. Tal vez nuestra respuesta a continuación cambie. O no. No podemos saberlo, como decimos no hay una única solución. Pero… ¿Vale la pena intentarlo si conseguimos algo distinto a lo que ya tenemos? Nunca tendremos la certeza de lo que acompaña a nuestras acciones, pero podemos elegir actuar conforme a lo que es valioso para nosotros y ver si de verdad nos guía a ello. Permitirnos ser flexibles, probar diferentes opciones… Tal vez, nos permita salir de donde estamos. O no. Pero la única certeza que tenemos es que manteniéndonos estáticos, seguro que nos quedamos siempre en el mismo exacto punto.

Todo lo anterior puede parecer abstracto, y en ocasiones va a ser necesario acudir a ayuda profesional cuando nos encontramos frente a esas situaciones que nos desbordan.

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lunes, 10 de abril de 2017

Miedo al fracaso: ¿Como podemos logar nuestros objetivos a pesar de sentirlo?


Piensa por un momento en diferentes proyectos, ideas, objetivos o metas que te hayas planteado en algún momento de tu vida. Sirve que sea en cualquier área de ella. Pero intenta pensar si en algún caso has rechazado alguno de esos planes solo porque no estabas seguro/a de poder lograrlo. ¿Se te ocurre?

Si es así, has experimentado la consecuencia última del miedo al fracaso: dejarse llevar por él y asumir que no podemos hacer algo, que no es lo nuestro. En el momento en que percibimos ese miedo a fracasar, o a no hacer las cosas lo suficientemente bien, interpretamos o derivamos que eso significa que en efecto, no podremos. El temor al fracaso puede bloquearnos hasta el punto de mantenernos inmóviles. Cuando este bloqueo (que no la aparición del miedo) ocurre y nos quedamos inmóviles, repercutirá
directamente en la satisfacción que tendremos con nuestra vida. Cuando somos incapaces de actuar para con lo que queremos, nuestro miedo aumenta disminuyendo nuestro bienestar: no lograré nunca lo que me propongo. No soy válido/a. Y empezamos a limitar más y más nuestras vidas.

Todo el mundo tiene y ha tenido alguna vez miedo al fracaso y ha fracasado en algo. Es innegable que sentirlo es desagradable y que nadie dirá que quiere experimentarlo. No obstante, temer al fracaso es humano e inevitable. Nuestro cerebro piensa y siente constantemente sin que podamos controlarlo. Ahora bien, dependerá de nosotros, de cómo nos relacionemos con ello y lo que hagamos a posteriori, el como afectará  a nuestra vida y si derivaremos en un estado emocional u otro.  En este sentido, lo primero que habrá que aprender a hacer es a sentir el miedo sin juzgarlo. Identificar cómo lo sentimos y que pensamos y dejar que esté ahí. Así, podremos permitirnos indagar para identificar que es lo que exactamente te da miedo, cual es el reto real y qué te está bloqueando.

Si hay algo físico y real que te impida lograr tus objetivos, habría que trabajar en ello. Pero si hablamos del miedo al fracaso… ¿qué te impide lograr lo que quieres, aparte de hacerle caso a ese mismo miedo? Aprender a sentirlo y reconocerlo nos permite notarlo y aún así, actuar. Cuando lo identifiques, proponte visualizar tus metas y trazar un plan de acción: tener delimitados los pasos nos proporciona seguridad y calma para hacerlo además de incrementar nuestra eficacia. Se trata de identificar y visualizar todos los pasos e ir marcando pequeños objetivos, a cumplir uno a uno hasta la meta final. Permítete no presionarte por lograr tu objetivo ya, ve cumpliendo tus pasos. Visualiza como sería tener éxito en todas ellas para posteriormente poder hacerlo tú. Además, crea un plan B. Incluso aunque nos enfrentemos a los miedos y demos los pasos necesarios, puede que no logremos lo que buscábamos. Plantéate alternativas, qué hacer después, cual será el siguiente paso si esto no va bien. De esta manera no tendrás la sensación de que “todo ha acabado”.

Sea como sea, ten en cuenta que el fracaso es un término algo subjetivo. ¿Qué es fracasar? ¿Qué implica en tu vida? ¿Si fracasamos una vez se acaba todo? Es una palabra y el poder de la misma reside en el significado que socialmenete y relacionalmente le hemos asignado. Si incluimos el fracaso como algo dentro del aprendizaje… ¿no cambia nuestro punto de vista?

La razón por la que el miedo a fracasar es tan intenso es por la concepción común que parecen compartir muchas personas que lo sufren. Por un lado, se asocia a sentimientos de impotencia: “Si he hecho todo lo que sabía/podía y no lo he logrado… ¿ahora qué? Nunca conseguiré mis metas”. Por otro, a veces tendemos a definirnos y calificarnos en términos de los éxitos y fracasos de nuestra vida. A veces hasta determinamos nuestra valía de ello. Pero… ¿de verdad solo somos lo que hemos hecho y lo que no? ¿Solo se basa en ello nuestra identidad?

¿Y si el fracaso es real?
Hasta ahora hemos hablado del miedo al fracaso, pero… ¿qué ocurre cuando el fracaso es real? Todos fracasamos en nuestras vidas, no una ni dos veces. Es imposible que todos nuestros proyectos e ilusiones acaben siempre en buen puerto. Y no existe una fórmula mágica para vivir ese fracaso “como si no hubiese pasado nada”, porque de hecho, vivirlo de esa manera no sería siquiera útil. La gran verdad acerca de cuando fracasamos es que hay que aprender a convivir con él cuando se da para aprender de él. Porque hasta del más estrepitoso de ellos se sacan enseñanzas: y una enseñanza, un aprendizaje siempre será un éxito. Como ya dijera Henry Ford, “el fracaso es solo la oportunidad de comenzar de nuevo de forma más inteligente.”

Dependiendo de en qué hayamos fracasado, es cierto que puede suponer un momento duro y que las emociones que vendrán serán desagradables. Pero todo ello nos está diciendo algo: que era algo que nos importaba o que al menos, nos importaba el logarlo. Aprender de ello será clave para en el futuro poder lograrlo o para aprender para otros proyectos. Un fracaso nos dice que algo no ha salido bien. Porque nos hemos equivocado o incluso por causas externas que no fueron tenidas en cuenta. Es momento de reflexión y de hacer un nuevo plan de acción para modificar lo que no nos sirve y continuar con nuestros propósitos. Y sobre todo de actuar.

Si no lo ves claro, te invito a que hagas un breve ejercicio. Piensa en la última vez que consideraste que habías fracasado en algo. ¿Lo tienes? Ahora piensa que hiciste.
Si la respuesta es sentirte triste, ansioso, deprimido… Y no salir de casa, tomarte unas copas de más, aislarte… Te invito a que pienses: ¿Para qué te sirvió? A corto plazo, ¿fue útil hacer eso? Seguro que sí. Durante unos momentos, aliviaría el malestar. Pero… ¿Cómo te sentiste los siguientes días? ¿Lograste finalmente eso que querías? A largo plazo, ¿te ayudó a lograr tus objetivos?

….

En cambio, si la respuesta es sentirte triste, ansioso, deprimido… Y aún así movilizarte para lograr lo que querías, piensa por un momento. A corto plazo, ¿qué tal? Seguramente fue duro. Te costaría, te sentirías abrumado/a… Pero, ¿A largo plazo? ¿Lograste lo que querías? ¿Te ayudó a lograr tus objetivos? Como mínimo, te permitiría acercarte a ellos. Y esto rompe con el círculo que comentábamos al principio del artículo, en el que nos inmovilizamos y comenzamos a sentirnos más insatisfechos. En cambio, nos encaminamos hacia objetivos vitales lo que a la larga, incrementa nuestra satisfacción con la vida.
En muchas ocasiones, a pesar de compartir esta visión, puede resultar muy complicado lograr hacer frente a estas emociones y más todavía si nos encontramos en un momento vital complicado.

Si necesitas asesoramiento o ayuda, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudarte. 
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jueves, 2 de marzo de 2017

Vivir el presente: ¿por qué es tan importante y cómo podemos empezar a hacerlo hoy?


“Si estás deprimido, estás viviendo en el pasado. Si estás ansioso, estás viviendo en el futuro. Si estás en paz, estás viviendo en el presente.” Lao Tse.

Cada vez estamos más familiarizados con la relevancia de aprender a estar en el aquí y el ahora.  La práctica de mindfulness está en auge, y cada vez más personas empiezan a aprender la importancia de aprender a prestar atención plena al momento presente. Pero que centrarnos en el momento presente es bueno para nuestra salud mental no es una idea nueva…  Todo lo contrario, es muy antigua. Qué mejor manera de ilustrar esto, que la frase con la que comenzamos este post y atribuida a Lao Tse, quien viviera en el siglo VI a. C.

Cuando nos anclamos al pasado, a rumiar de manera incesante sobre aquello que nos ocurrió y no podemos cambiar o sobre lo bien que estábamos antes y lo mal que estamos ahora en comparación, podemos sentir tristeza, desesperanza, rabia. Y lo peor de todo es que si no podemos hacer nada para cambiarlo y nos anclamos a ello, no podremos resolver esas emociones. Por otro lado, cuando nos atascamos en pensamientos y rumiaciones sobre lo que va a ocurrir en el futuro, caemos de nuevo en las trampas de nuestro pensamiento. ¿Alguien puede predecir lo que pasará, exactamente, en los próximos 5 minutos? Anticipar nuestro futuro no solo es inexacto, sino que en muchas ocasiones nos lleva a ponernos en lo peor y a  generarnos una ansiedad anticipatoria que bien manejada nos ayudará, pero que mal manejada podrá bloquearnos. Ahora bien, tampoco se trata de evitar pensar sobre ello. Observar nuestro pasado y nuestro futuro no implica necesariamente malestar,  evitar hacerlo también es contraproducente, el problema es anclarnos a ello… ¿Vaya lío, no?

En realidad hablamos de observar el pasado y el futuro desde nuestro presente. Esto puede parecer un pequeño matiz pero marca una importante diferencia en como conceptualizamos todo lo que nos ocurrió y lo que creemos que nos ocurrirá. Y para lograrlo, lo que tendríamos que conseguir son dos componentes fundamentales, entre otros:
Aprender a disfrutar y a vivir el aquí y el ahora, a saborear cada momento sin dedicar toda nuestra atención a lo que pensamos. Sino a lo que estamos haciendo, a lo que estamos vivenciando. Ahora.
Aprender a no juzgar nuestros pensamientos, observarlos sin juzgar. Tener un pensamiento no quiere decir ser ese pensamiento. La manera en la que pensamos y sentimos tiene sentido en tanto a nuestra historia personal en interacción con componentes biológicos. Nuestro cerebro aprende a pensar y sentir de determinada manera por lo que nos sucede desde que nacemos. Pero tenemos capacidad de decidir y actuar conforme a lo que tenemos. Podemos elegir si hacerle caso a pies juntillas a lo que pensamos, o si aceptamos que tenemos un pensamiento por la historia de nuestra vida, pero elegimos actuar conforme a nuestros valores.

Y ahora bien… ¿Cómo hacemos todo esto de “centrarnos en el momento presente”?
Practicando. En nuestro día a día, podemos realizar diferentes ejercicios cortos y sencillos de atención plena, que nos sirvan para centrarnos en el momento presente. A medida que vamos realizándolos, vamos interiorizando estas maneras de actuar y automatizando la capacidad de centrarnos en el ahora. Puede acabar, incluso, tornándose en una habilidad que podemos emplear a gusto del consumidor cuando nos sea necesario.  Existen una amplísima cantidad de ejercicios de diferente dificultad que podemos realizar, desde pequeñas cosas en nuestro día a día hasta llegar a largas y profundas meditaciones. Nosotros os queremos dejar algunos ejercicios breves, sencillos y muy conocidos de atención plena, que podéis incluir sin problema en vuestro día a día:
  • Respiración consciente: todos los días, nos dedicaremos unos minutos. En ese momento, nos permitiremos estar en contacto con nosotros mismos. Nos colocaremos cómodos, y nos centraremos en nuestra respiración: en como inspiramos y espiramos, como se siente el aire en nuestros pulmones… Si vienen pensamientos, simplemente los dejaremos estar. Detectar que estamos pensando aquí no será un error, ni estar haciéndolo mal. Es algo bueno: nos permitirá simplemente volver a atender a la respiración, cambio que cada vez podremos realizar con más facilidad.
  • Escáner corporal: en esos minutos diarios que nos dedicamos a nosotros mismos, podemos también hacer un breve escáner por todos los músculos del cuerpo. Tras centrarnos en nuestra respiración, atender a todo nuestro cuerpo desde la punta de los dedos hasta la cabeza, identificando cualquier tensión que pueda haber. La identificaremos y gentilmente, nos permitiremos soltarla. Como si cada una de esas respiraciones que hacemos recogiese la tensión de nuestro interior y la dejara marchar en cada espiración.
  • Ser conscientes de la rutina: ¿Se os ocurre alguna actividad rutinaria y breve? Lavarnos los dientes, por ejemplo. Elegid una actividad de este tipo y prestad máxima atención a lo que estáis haciendo. Como es el tacto del cepillo, la textura del dentífrico, el sabor… como si tuvieseis que describirlo al más mínimo detalle. ¿Otra actividad todavía más rutinaria? Cerrar la puerta de casa. Cuantas veces nos habrá ocurrido  el salir de casa y no recordar si hemos cerrado: es porque no estamos prestando atención. Un breve ejercicio de atención consciente es aprender a prestar atención a esas tareas que no lo hacemos: centrarnos por ejemplo en el tacto del pomo de la puerta. ¿Está frío? ¿es suave? ¿qué forma tiene?
  • Cuando tengas que esperar para algo o vayas de camino a algún sitio: Elige uno de los cinco sentidos y céntrate en el. Por ejemplo, si vas por la calle, céntrate en cómo se sienten los pies en el suelo.  Como si tuvieras que describir con exactitud cómo es el tacto del asfalto. O en tu olfato, en describir todos y cada uno de los olores de la calle por la que estás caminando.
  • Observación consciente: elige un objeto y, durante unos minutos dedícate observarlo. Obsérvalo sin juzgar, con admiración: como si fueses la primera vez en tu vida que ves algo similar. Algo con lo que puede resultar sencillo empezar, por ejemplo, es una vela. En una habitación con luz tenue, enciende una vela y obsérvala durante unos minutos, con fascinación y admiración, sin juzgar. Limítate a observarla y si aparecen pensamientos déjalos ir. ¿Qué tal la experiencia?
  • Comer consciente: ¡También con la comida podemos prestar atención plena! A día de hoy, con nuestro ritmo de vida, tendemos a comer rápido, con la televisión encendida… Prueba a, cuando puedas comer tranquilamente, comer y dedicarte única y exclusivamente a eso. A centrarte en los sabores, los olores, las texturas de la comida… sin distraer tu atención con televisión ni similares. No solo ayudará a prestar atención consciente al ahora, sino que además permitirá comer despacio y favorecerá la digestión. Y sobre todo, permitirá disfrutar al máximo de los sabores y olores, de las texturas, de la comida que hemos ingerido.

Practicar este tipo de ejercicios puede ayudarnos a, poco a poco, descentrarnos de los pensamientos que están en otro tiempo y aprender a centrarnos en la vivencia actual. ¿Por qué? Aprender a centrar la atención en algo que ocurre ahora, nos permite desarrollar cada vez más la habilidad de gestionar nuestra atención de manera que no la dediquemos en exclusiva a esos pensamientos situados en otro tiempo y de esta manera no entrar “en bucle”. No obstante, en ocasiones, puede ocurrir que ese anclaje al pasado o futuro nos supere y no nos valga con practicar ejercicios de este tipo. En ese momento, sería necesario acudir a ayuda profesional.

Si necesitas asesoramiento o crees que podrías necesitar ayuda, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.

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lunes, 16 de enero de 2017

Emociones agradables, desagradables y la constante "búsqueda de la felicidad"

A menudo recibimos mensajes de diferente tipo incitándonos a ser positivos en todo momento, que parece nos “fuerzan” a estar contentos y nos “reprenden” indirectamente si no nos sentimos bien. Nos vemos bombardeados por imágenes y eslóganes, por frases en las redes sociales, que nos dicen que siempre tenemos  que “buscar un lado bueno pase lo que pase”, a “sonreír aunque no tengas ganas” o a “ser feliz siempre”. Cuando nos ocurre algo que nos afecta a nivel emocional o cuando nos enfrentamos a circunstancias adversas, tenemos todo el derecho del mundo a entristecernos, a enfurecernos, a pasarlo mal. Y no tienen por qué decirnos que “sonriamos aunque no queramos.”. Es completamente válido sentirnos como nos sentimos, y lo que sí tenemos que hacer frente a ello es movilizarnos y no dejar en stand-by nuestra vida.  
En general existe una tendencia a rechazar toda emoción desagradable y a solo aceptar la emocionalidad agradable. Todo el espectro agradable se asocia con un estado, en realidad complicado de definir, que sería la felicidad. De primeras, podemos decir que la búsqueda de la felicidad ha sido una constante de la vida humana y que toda persona buscaría lograrla (¡cuántas frases, disertaciones, literatura hay con respecto a ello!). Pero paradójicamente,  plantearnos como objetivo número uno el buscar la felicidad nos hace infelices. Y no hablo aquí de una filosofía u opinión, sino de lo que el estudio científico acerca del constructo de la felicidad nos revela. La psicóloga Iriss Mauss ha investigado ampliamente este precepto y ha encontrado que cuanto más valor le otorgamos a lograr “ser felices” en nuestra vida, más infelices somos. Parece que esto podría rompernos los esquemas, pero si reflexionamos acerca de lo que “es” la felicidad  tiene todo el sentido del mundo que ocurra esto.
Hablo de emociones agradables y la poca tolerancia a las desagradables ya que tiene que ver con “eso de la felicidad”. Tendemos a incluir toda esa emocionalidad agradable dentro del espectro de lo que significa ser feliz y categorizamos todas las demás como “opuestas” o “contrarias”. Por ende, buscar la felicidad sería buscar lograr estar en un estado positivo o agradable si no todo el tiempo, casi todo, el máximo posible. Ahora bien, ¿es realista estar en este estado constantemente o la mayor parte del tiempo? Me atrevería a decir que lograr la felicidad constante en estos términos es imposible, por la propia naturaleza de la vida y la vida humana.  Hasta aquí, es cierto que muchas personas pueden plantear… Yo soy feliz, aunque a veces lo pase mal. Aunque mi vida pueda ser dura. Ahí estaría la clave para no caer en la búsqueda de la felicidad que nos hará infelices. En cambio, la búsqueda de una felicidad permanente y de alta intensidad, sobrevalorando su consecución por encima de cualquier otra cosa, amigas y amigos, es lo que nos traerá problemas. Ya que es imposible de lograr y por tanto tratar de alcanzarla solo nos traerá frustración. Incluso, hará que podamos sentir mayor soledad, ya que como Mauss apunta la búsqueda de la felicidad centra el foco de atención hacia uno mismo desprendiéndose de las personas de su alrededor.
En relación con toda esta búsqueda, ocurre también que tendemos a sobreestimar el impacto de nuestras circunstancias vitales sobre esa felicidad inalcanzada. Sobre todo, existe esa esperanza de que eventos de nuestra vida como por ejemplo terminar los estudios, lograr un ascenso o mudarnos de ciudad por gusto nos van a traer esa maravillosa capacidad de ser felices constantemente, pase lo que pase. La vida, por su naturaleza, se compondrá de sucesos, situaciones, tendremos todo tipo de vivencias que podemos haber causado nosotros o no, que podremos controlar o no y que forman parte natural y lógica de la vida. Y frente a todos estos eventos y situaciones será inevitable reaccionar emocionalmente, en muchas ocasiones con tristeza, con ira, con frustración entre otras y como ejemplo. Porque es lo que nos hace humanos, a la vez nos permite crecer y aprender.
¿Pretenderíamos estar felices en el momento inmediato después de que fallezca un padre, un hijo, una pareja? ¿Pretendemos estar felices si estamos pasando por un periodo de nuestra vida de completa inestabilidad? ¿Pretendemos estar felices ya mismo si, simplemente, tenemos un mal día o nos levantamos con el pie izquierdo? Y algo muy importante en esta reflexión… ¿Cambiaríamos algo en nuestra vida, nos movilizaríamos, si estuviésemos en un estado constante de felicidad y bienestar? No, ¿verdad? No sería realista ya que es psicológicamente sano reaccionar emocionalmente a los sucesos de nuestra vida. De lo contrario, seríamos completamente insensibles.
Buscar la felicidad intensa y el bienestar constante es irreal y va a generarnos frustración, ya que nunca llegaremos a lograr alcanzarla o nos lamentaremos al comparar momentos de nuestra vida en los que fuimos más felices con el actual. Además no nos permitirá disfrutar de lo bueno de nuestra vida ya que nada será suficiente, todo nos sabrá a poco. A ello debemos sumarle que pretender estar “bien” siempre es no respetarnos a nosotros mismos. Es lícito que nos afecten diversos sucesos y tenemos derecho a vivirlos como los vivamos. Tenemos la capacidad de aunque nos afecten, movilizarnos, reaccionar y seguir con nuestra vida a pesar de ellos pero sin buscar el bienestar constante.
Dicho todo esto, tal vez sea preferible que comencemos a ver y tomarnos la felicidad como una actitud hacia la vida, una actitud para recorrerla. Una manera de afrontar activamente nuestras circunstancias, de resolver problemas, de ir hacia nuestros objetivos y nuestros valores a pesar de las circunstancias de nuestra vida. De buscar convertirnos en quien queremos ser a pesar de lo que hayamos vivido o nos quede por vivir, aceptando que ocurrirán o provocaremos situaciones y circunstancias nuevas que nos harán sentirnos mal y que no podemos cambiar nuestro pasado. Como ya dijese el psiquiatra Viktor Frankl: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. 

Si crees que podrías necesitar ayuda para gestionarte emocionalmente en este sentido o te gustaría recibir asesoramiento, no dudes en ponerte en contacto con Martinez Bardaji psicología. 

Estaremos encantadas de ayudarte. 
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viernes, 30 de diciembre de 2016

Algunas líneas acerca del fin de año...

Llega el nuevo año y de su mano ese momento de reflexión que hacen muchas personas, de balance de cómo ha sido su último año y de propósitos y metas que para el año siguiente.  No es raro vernos rodeados cada vez más, en las redes sociales, de mensajes llenos de gratitud y dicha o al contrario, de frustración, rabia y tristeza, con respecto a los últimos 365 días. Acercarnos al final de otro año supone un momento de reflexión e introspección que puede cargarnos de optimismo y energía, aunque también de todo lo contrario en función del balance que hagamos y la actitud con la que lo acojamos.

En realidad, esta revisión de nuestra vida que tendemos a hacer junto con marcarse objetivos y metas para el nuevo año no es algo negativo, independientemente de la
valencia final que le demos. Ahora bien, cuando nos apodera el sentimiento de que vendrán muchos cambios con el nuevo año cometemos un pequeño fallo: y es pensar que ese nuevo año supondrá un punto de inflexión por el que parece que las cosas serán más fáciles y sencillas, parece que esperamos que algunos cambios vengan de “manera mágica” y que de repente, por entrar a un nuevo año, nuestra vida necesariamente cambiará por sí sola sin requerir tanto esfuerzo por nuestra parte. Al leerlo, seguro que muchas y muchos pensaréis que parece obvio, que nada ocurre de manera mágica… Pero es muy común tener esa sensación de carga de energía y esperanza frente a lo que está por llegar y podemos emplearlo para poner en marcha todas las soluciones que tenemos y con las que quizá todavía no habíamos contactado. Tanto si hacemos un balance positivo como negativo del punto en el que nos encontramos, podemos aprovechar ese momento para plantearnos: ¿qué puedo hacer yo para cambiar esto que no me gusta en mi vida? Y ponerlo en práctica. A la contra, es posible que frente a esa pregunta lleguemos a encontrarnos con un “nada”, que se trate de algo que no esté en nuestra mano cambiar. Pero aún así, aunque lo pasemos mal, siempre podemos hacer algo. Siempre tendremos la capacidad de decidir si queremos dejar en stand-by nuestra vida o levantarnos y echar a caminar. 

Aunque comento aquí esta sensación de carga de energía, no serán pocas las personas que entren al nuevo año con desilusión y desánimo. Personas que hacen un balance muy negativo del año y que, en lugar de tener esa esperanza de que “todo cambiará” pueden sentir que no tienen más energías, o que les va a costar continuar. Diferentes eventos vitales podrían precipitar esta situación y a cualquier persona le podría ocurrir. Y de modo similar a lo que comentamos antes, aunque pueda resultar doloroso hacer el balance, hacerlo nos permitirá observar que tenemos de nuevo algo que siempre será nuestro y es la decisión de cómo queremos afrontar esa situación que estamos viviendo.  Si no tiene remedio y no podemos hacer nada, podemos elegir continuar viviendo como hasta ahora (que nos ha dado un balance de año muy negativo) o elegir vivir la vida como pueda vivirla en ese momento. Mejorando día a día, o pararnos y dejarnos llevar por la sensación de que todo se mueva a nuestro alrededor pero no así nosotros mismos. Ni lo bueno ni lo malo dura para siempre, pero podemos decidir como viviremos las diferentes situaciones de cada tipo. Esperamos que hayáis pasado un gran año, desde Martínez Bardaji psicología deseamos que el 2017 os depare todo lo mejor.


Y si notas que te encuentras en un momento en el que estás bloqueado o bloqueada o no te sientes bien, si te sientes identificado o identificada con algo de lo que hemos comentado pero no sabes como abordarlo, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud. Estaremos encantadas de ayudarte.
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lunes, 24 de octubre de 2016

Emociones "negativas" y su funcionalidad, ¿para qué me sirven?

“Quiero quitarme la tristeza”; “quiero quitarme la ansiedad”; “quiero quitarme la culpa”; “quiero quitarme la vergüenza”. Es habitual en el campo de la psicología que lleguen a consulta personas con estas demandas, sintiéndose superadas por estas emociones que les están implicando un importante malestar e interferencia en su día a día y con las actividades de su vida diaria. Pero lo cierto es que en general, incluso en personas que no viven esta interferencia en su vida ni se sienten desbordados, existe una extendida aversión o intolerancia hacia las emociones denominadas “negativas”. Mientras que algunos países orientales han normalizado en mayor medida esas emociones “negativas” y se permiten vivir (generando una mejor adaptación y respuesta a la emoción) las sensaciones “desagradables” parece que en nuestra sociedad existe una importante tendencia al “tengo que estar bien” constantemente y de manera instantánea. Si existiese algo que asegurase a la gente que nunca sentirá emociones “negativas” demos por seguro que en cuestión de minutos se agotarían las existencias. Pero… ¿funcionaría bien así nuestra sociedad?

Lo cierto es que esas emociones que tanto tienden a estigmatizarse tienen una función muy útil y tenemos que aprender a tolerarlas, escucharlas y vivirlas de manera normalizada cuando aparecen, ya que en esta vida nos tocará vivirlas en muchas ocasiones. Me explico aquí: es normal estar triste cuando perdemos una amistad, cuando fallece un ser querido, cuando perdemos un empleo. Es normal sentir enfado cuando alguien hace algo que nos perjudica o incluso cuando nosotros hacemos algo que no debemos y nos enfadamos con nosotros mismos. Es normal sentir vergüenza cuando hacemos algo que no estaría aceptado en nuestra sociedad y puede generar rechazo hacia nosotros mismos (o que pensamos que es así, ya que en todo momento tendrá un papel crucial la concepción que nosotros tengamos; la objetividad pura no estará y siempre va a tener una importante mediación nuestra interpretación del entorno). Es normal sentir algo de ansiedad cuando tenemos una entrevista de trabajo  o cuando nos enfrentamos a una situación completamente nueva para nosotros. Y normal sentir miedo cuando nos enfrentamos a algo que podría ser peligroso para nuestra vida (ya sea a nivel físico, o que pueda afectar a nuestro estilo de vida y bienestar). Y además de considerar el hecho de que es normal, debemos tener en cuenta que también es funcional.

Estar tristes puede llevarnos a buscar apoyo en nuestros seres queridos y fortalecer relaciones de confianza mutua; además, por otro lado, estimula una reflexión profunda que nos puede ayudar a superar eventos vitales. El enfado, si lo gestionamos adecuadamente, puede llevarnos a examinar qué es lo que ha ocurrido para poder plantear soluciones a la situación que lo genera o incluso darnos cuenta de algo sobre nosotros mismos cuando está enmascarando nuestros miedos. Sentir vergüenza en determinadas situaciones puede ayudarnos a moldear nuestro comportamiento dada la importante implicación que tiene en el modelamiento de nuestros patrones relacionales con los demás. De manera similar, la culpa puede decirnos cuándo hemos podido actuar de manera incorrecta y movernos a plantear una solución o disculparnos, ayudando a mantener relaciones positivas y sanas. La ansiedad podría ayudarnos a prepararnos una entrevista de trabajo por esa pequeña “presión” y hacerla mejor de lo que nosotros creíamos. Y por último el miedo, históricamente nos ha ayudado a sobrevivir. Además, sea como sea ansiedad y miedo nos proporcionan un increíble “chute” de energía que puede sernos útil. Por ende, vemos que esas emociones tan “desagradables” parecen tener una función lógica en nosotros como seres humanos y sociables. Nos ayudan a relacionarnos y a gestionarnos a nosotros mismos, a tomar una dirección. En general, las emociones negativas nos hacen centrar nuestra atención en aspectos sobre nosotros mismos, nuestra vida o nuestras relaciones. Y esto en realidad no tiene nada de negativo, ya que focalizar la atención en aquello que no va bien puede permitirnos identificarlo para comenzar a poner en marcha mecanismos de búsqueda y aplicación de soluciones.

Las emociones que sintamos ante diferentes situaciones variarán por supuesto en cada persona, lo que no quiere decir que sean incorrectas en unas y correctas en otras. Que una persona se sienta de determinada manera frente a determinada situación es válido en tanto que lo vive así, por su historia personal y forma de ser, y si lo acepta y gestiona eficientemente no habrá problema alguno. Ahora bien, esa visión tan negativista y actitud de rechazo que parece que tendemos a profesar hacia las emociones negativas favorece una muy baja tolerancia hacia estas emociones y una gestión poco eficiente. Incluso, en relación con esto, concepciones de género sobre qué emociones pueden y no pueden tener hombres y mujeres (algo completamente irreal, ya que todos sienten todas las emociones y tienen derecho a expresarlas) tiene un papel importante aquí. De esta manera, favorecerá que estas emociones “negativas” pero útiles se tornen disfuncionales. Aprender a normalizarlas y a aceptarlas ayudará a vivirlas mientras hay que vivirlas, forman parte de la vida. Y gestionarlas y vivirlas “cuando toca” nos permitirá que no queden mantenidas o enquistadas. Por ejemplo con la tristeza, está bien estar triste en ocasiones. Si cuando lo estamos nos permitimos estarlo, lo expresamos, lloramos… Estamos gestionando esta tristeza, y al tiempo se desvanecerá para dejar paso a otras emociones. En cambio no tolerarla e intentar reprimirla hará que vuelva a la carga y con más fuerza. Podrá quedar enmascarada bajo otras emociones intensas como la ira, pero tarde o temprano volverá a nosotros.

Partiendo de la normatividad de las emociones negativas, debemos tener en cuenta que es cierto que en algunas ocasiones las emociones pueden no surgir en el momento adecuado, que son mucho más complejas de lo que describimos anteriormente y que pueden aparecer patrones disfuncionales. La tristeza extrema puede dar la sensación de paralizar, a veces puede aparecer la culpa debida a cogniciones distorsionadas en situaciones en las que no es realista sentirla (por ejemplo una persona que ha sufrido bullying o maltrato y se siente culpable porque atribuye a sí mismo algo que no debería). A veces cuesta mucho identificar y comprender las emociones negativas y en ocasiones nos pueden desbordar. Es en estos momentos cuando la ayuda profesional sería necesaria, para gestionar aquello que se “sale de la norma” pero que dada la historia personal de cada uno es comprensible y lógico que aparezca. Para posteriormente, poder vivir las emociones negativas con la normalidad y función que tienen pero sin que generen interferencia en nuestro día a día.

Si crees que podrías necesitar aprender a comprenderte y gestionarte mejor emocionalmente,  no dudes en ponerte en contacto con nosotros y te orientaremos de la mejor forma posible.  
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