miércoles, 14 de junio de 2017

Ser compasivo con uno mismo: En que consiste y que genera

La capacidad de sentir compasión por nosotros mismos/as, o autocompasión, se entiende como como la habilidad de tratarnos con amabilidad y comprensión. Supone un pilar fundamental para aprender a querernos y mejorar nuestro bienestar. No significa auto-compadecernos de nuestra vida ni de lo que nos ocurre constantemente, sino que nos referimos aquí a la capacidad de tratarnos amablemente si erramos, para resolverlo. De acuerdo con la Dra. Kristin Neff, investigadora de la universidad de Texas en este área, se define de hecho como un tratarse a uno mismo con gentileza, ser capaz de reconocer las propias luchas como parte de la experiencia humana y ser capaz de prestar atención consciente a pensamientos y sentimientos dolorosos sin juzgarlos ni juzgarnos por tenerlos. Ser capaces de perdonarnos por haber hecho las cosas de manera diferente a como desearíamos para poder movilizarnos hacia lo que deseamos y hacia una solución a lo que haya podido surgir. Permitirnos sentir lo que sentimos para poder resolverlo.

Aprender a tratarnos con cariño y amabilidad a nosotros mismos, de la misma manera que podríamos hacer con otras personas, nos ayudará a llevar mejor diferentes situaciones. Protege y mejora nuestra autoestima, cuando nos permitimos no ser perfectos: porque nadie lo es. Cuando aprendemos a hacer esto, cada vez que cometamos fallos o que actuemos “mal” de acuerdo con nuestro criterio moral, nos estaremos permitiendo no identificarnos con ese suceso. Nos permitimos errar para no definir que por ende ya “hay algo mal en mi” y “ya no valgo”.

Emplear esta forma de autocuidado puede ser especialmente revelador para personas que son muy autocríticas consigo mismas. La autocrítica está bien en el sentido de identificar y mejorar: pero se vuelve despiadada cuando es desproporcionada, o nos fustigamos por lo que encontramos, minando nuestra autoestima. Si observamos desde la distancia, aprendiendo y perdonándonos, podemos realizar la misma mejora sin agredir a nuestro propio concepto.

¿Cómo afecta la falta de compasión por uno mismo?
Cuando no nos permitimos sentir compasión y tratarnos con amabilidad, hay una relación directa con nuestra propia autoestima. Pero además, ejerce una importante influencia en nuestro estado emocional: va a venir de la mano de fuertes anclajes en ira, tristeza, ansiedad, vergüenza, frustración…

Además, puede venir de la mano de altos niveles de ansiedad. Cuando nos exigimos hasta límites muy altos y no nos tratamos con cariño cuando no los alcanzamos, estamos en constante estado de crispación, movimiento y alteración.

Aspectos positivos de la autocompasión
Además de afectar positivamente a lo anterior, ser auto-compasivos nos va a ayudar en otras áreas. A la hora de recibir críticas y halagos, nos permitirá recibirlos desde la  estabilidad: ni creernos mejores ni peores que otras personas. Además, cuando aprendemos a tratarnos de esta manera incrementamos la auto-valoración que hacemos de nosotros mismos a pesar de que podamos enfrentarnos a situaciones complicadas, suceda lo que nos suceda. Aprendemos a no depender tanto de las valoraciones externas (aprobación de los demás, logros, atractivo…) e incrementa por ende la autoestima, como se comenta anteriormente. Además se comparan menos con otras personas lo que se traduce en la manera de relacionarse con los demás.

¿Qué implica ser auto-compasivo, para lograr serlo?
Es una manera diferente de encarar nuestras emociones: quiere decir aceptarlas como son, reconocerlas y aceptar tenerlas. Notarlas, aceptarlas y vivirlas, además de perdonarnos si cometemos errores (los cuales reconoceremos y desde esta actitud actuaremos por resolver) impulsados por ellas. Además, vivir que forma parte de la experiencia de ser humano.
El primer paso para ser compasivo con uno mismo es la toma de conciencia. Aprender a ser conscientes de qué sentimos en cada momento, con cada una de las cosas que nos suceden en la vida. Es esencial aprender a notar tanto las emociones agradables como las desagradables (que en ocasiones podemos etiquetar como negativas). Ponerles nombre y limitarnos a reconocerlas y ser consciente, sin juzgar ni criticar: como si fuéramos espectadores, para analizar lo ocurrido y establecer qué queremos hacer y cuál es nuestra pauta de actuación. Ayúdate a ti mismo/a.

 ¿Qué no es ser auto-compasivos?
No tenemos que confundir, no obstante, términos. Auto-compasión no significa “regodearse” en la sintomatología que tengamos ni a la auto-complacencia. No significa sentir pena por uno mismo ni evadir nuestra responsabilidad. Sino mantener una actitud amable frente a los sucesos que nos permita actuar en consecuencia a lo que corresponda pero sin generarnos dolor ni sufrimiento. Nos permite decir: Me acepto y me quiero como soy, y decido cambiar esta manera de actuar, movilizarme para lograr algo diferente a lo que ya tengo. Y resulta complicado, ya que es muy fácil aprender a autocriticarnos y ser duros con nosotros mismos pero la contraria es mucho más complicada. 

No significa sentir lástima. Sentir lástima por uno mismo lleva a sumergirnos en los propios problemas, olvidando que otras personas pueden tener problemas similares y generando un sentimiento egocentrista, percibimos que “solo nos pasa a nosotros”, exagerando el sufrimiento que acarrea. Además, sentir lástima se diferencia en que estas personas se dejan llevar por el propio “drama emocional” y se sienten bloqueadas. En cambio, tratarnos con compasión y amabilidad nos permite generar conciencia sin dejar de actuar. Ver todo con una perspectiva mucho más amplia.
Tampoco ser compasivo es ser indulgente. No quiere decir: “estoy estresado, así que dejaré todo lo que tenía planificado para hoy y me quedaré todo el día haciendo el vago”. Pero sí significa permitirnos estar estresados, ansiosos, tristes, iracundos… y actuar desde nuestro plan de acción y no desde la emoción.

Conclusiones
Por todo lo anterior, y considerando los niveles de evidencia empírica al respecto, podemos considerar la auto-compasión como una habilidad muy valiosa para nuestro día a día que mejorará nuestro bienestar en el momento de ponerla en práctica.
Sea como sea, no siempre será tarea fácil. Dependiendo de nuestros niveles de auoexigencia, conciencia emocional, y manera de afrontar y procesar las diversas emociones que hay en el amplio abanico emocional del ser humano (sobre todo con respecto al desagradable) puede constarnos más o menos aplicar esta manera de actuar.

Además, si emocionalmente nos encontramos en un período de fatiga o sobrecarga, podemos vernos en una fase percibida como bloqueo que no nos facilitará la tarea. Esto no quiere decir que sea imposible, sino que tal vez necesitemos ayuda profesional para lograr aprender a estar de esta manera.

Si necesitas orientación, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudarte. 
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martes, 2 de mayo de 2017

Cuando dejamos de hacer lo que siempre hemos hecho...

A lo largo de nuestra vida  hemos pasado, pasaremos y puede que lo estemos haciendo ahora, por épocas de “catarsis” emocional. Cuando nos enfrentamos a nuevos retos, metas, eventos vitales estresantes… Podemos sentirnos desbordados/as y cuando no sabemos como gestionar todo esto, podemos sentirnos bloqueados. Como si no supiéramos como o por donde continuar.

A menudo, y cada vez más por la sociedad en la que nos encontramos, podemos recurrir al pensamiento mágico. Esperar que todo se solucione solo, y además, ya. Estamos acostumbrados, sobre todo en la nueva era de la información, a tener todo al instante y sin casi esfuerzo. Además, a través de la medicina nos hemos acostumbrado a que si algo nos duele, nos tomamos una pastilla y ya está. El mal ha desaparecido. Cuando ocurren situaciones que requieren esfuerzo emocional, podemos no saber hacerles frente, tenemos una muy baja tolerancia a la frustración y poca paciencia. Y además queremos que todo se solucione “por sí solo”.

Esta manera de pensar es lógica si se analiza, pero al final supone una trampa para nuestro propio cerebro. Entramos en una rueda de la que cada vez será más complicado salir. Si no nos encontramos bien emocionalmente y nos quedamos quietos, no podremos salir nunca de ese estado. Si hacemos lo mismo que siempre hemos hecho y no nos ha funcionado, tampoco. Nadie vendrá a resolver nuestras situaciones, problemas, y en definitiva nuestra vida, por nosotros.

La única manera de salir de la rueda es ponernos en movimiento. A pesar de que sea duro, y de que nos duela. Pero si nos quedamos inmóviles esperando una solución o hacemos lo que siempre hemos hecho, no lograremos nuestras metas. Ya que como enuncia Steven Hayes, “si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre obtendrás lo que siempre has tenido”.

Cuando nos colocamos frente a esta idea, en un momento de catarsis emocional, puede ser muy complicado. Muy bien, sí, no puedo hacer lo de siempre, no me lo van a solucionar, tengo que cambiar mis acciones… ¿pero yo que hago? No existe una solución ni una respuesta adecuada a esta pregunta. El ser humano, desde la curiosidad, tiene capacidad para inventar y generar respuestas, infinitas. Para dar posibles soluciones. Igual intentamos 20 soluciones nuevas que no nos funcionan, pero tal vez la 21 sí lo haga. Y simplemente el hecho de ponernos en marcha y de buscar activamente soluciones ya rompe nuestra rutina de actuación. Nos puede ayudar a estar mejor. Y una vez rota esta rutina, nos será más sencillo poder hacer algo diferente.

Para ilustrar esto último, podemos poner un ejemplo sencillo. Imagina que acabas de comer y sabes que, si te sientas en el sofá, vas a terminar quedándote dormido/a o enganchado a lo que estén dando en la televisión. Sabes que sentarte en el sofá, para ti, es un punto de no retorno. Y aún así es lo que haces siempre. Ahora bien, si sabemos esto y cortamos antes de sentarnos en el sofá… Hacemos algo diferente, como sentarnos en una silla de la cocina… ¿Haremos lo mismo? No podemos saberlo, pero si nuestra conducta cambia lo que ocurre después puede hacerlo también.

Si cortamos esa cadena y en lugar de sentarnos en el sofá nos sentamos en una silla de la cocina, por ejemplo. Tal vez nuestra respuesta a continuación cambie. O no. No podemos saberlo, como decimos no hay una única solución. Pero… ¿Vale la pena intentarlo si conseguimos algo distinto a lo que ya tenemos? Nunca tendremos la certeza de lo que acompaña a nuestras acciones, pero podemos elegir actuar conforme a lo que es valioso para nosotros y ver si de verdad nos guía a ello. Permitirnos ser flexibles, probar diferentes opciones… Tal vez, nos permita salir de donde estamos. O no. Pero la única certeza que tenemos es que manteniéndonos estáticos, seguro que nos quedamos siempre en el mismo exacto punto.

Todo lo anterior puede parecer abstracto, y en ocasiones va a ser necesario acudir a ayuda profesional cuando nos encontramos frente a esas situaciones que nos desbordan.

Si crees que puedes necesitar orientación, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.
Estaremos encantadas de ayudarte.


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lunes, 10 de abril de 2017

Miedo al fracaso: ¿Como podemos logar nuestros objetivos a pesar de sentirlo?


Piensa por un momento en diferentes proyectos, ideas, objetivos o metas que te hayas planteado en algún momento de tu vida. Sirve que sea en cualquier área de ella. Pero intenta pensar si en algún caso has rechazado alguno de esos planes solo porque no estabas seguro/a de poder lograrlo. ¿Se te ocurre?

Si es así, has experimentado la consecuencia última del miedo al fracaso: dejarse llevar por él y asumir que no podemos hacer algo, que no es lo nuestro. En el momento en que percibimos ese miedo a fracasar, o a no hacer las cosas lo suficientemente bien, interpretamos o derivamos que eso significa que en efecto, no podremos. El temor al fracaso puede bloquearnos hasta el punto de mantenernos inmóviles. Cuando este bloqueo (que no la aparición del miedo) ocurre y nos quedamos inmóviles, repercutirá
directamente en la satisfacción que tendremos con nuestra vida. Cuando somos incapaces de actuar para con lo que queremos, nuestro miedo aumenta disminuyendo nuestro bienestar: no lograré nunca lo que me propongo. No soy válido/a. Y empezamos a limitar más y más nuestras vidas.

Todo el mundo tiene y ha tenido alguna vez miedo al fracaso y ha fracasado en algo. Es innegable que sentirlo es desagradable y que nadie dirá que quiere experimentarlo. No obstante, temer al fracaso es humano e inevitable. Nuestro cerebro piensa y siente constantemente sin que podamos controlarlo. Ahora bien, dependerá de nosotros, de cómo nos relacionemos con ello y lo que hagamos a posteriori, el como afectará  a nuestra vida y si derivaremos en un estado emocional u otro.  En este sentido, lo primero que habrá que aprender a hacer es a sentir el miedo sin juzgarlo. Identificar cómo lo sentimos y que pensamos y dejar que esté ahí. Así, podremos permitirnos indagar para identificar que es lo que exactamente te da miedo, cual es el reto real y qué te está bloqueando.

Si hay algo físico y real que te impida lograr tus objetivos, habría que trabajar en ello. Pero si hablamos del miedo al fracaso… ¿qué te impide lograr lo que quieres, aparte de hacerle caso a ese mismo miedo? Aprender a sentirlo y reconocerlo nos permite notarlo y aún así, actuar. Cuando lo identifiques, proponte visualizar tus metas y trazar un plan de acción: tener delimitados los pasos nos proporciona seguridad y calma para hacerlo además de incrementar nuestra eficacia. Se trata de identificar y visualizar todos los pasos e ir marcando pequeños objetivos, a cumplir uno a uno hasta la meta final. Permítete no presionarte por lograr tu objetivo ya, ve cumpliendo tus pasos. Visualiza como sería tener éxito en todas ellas para posteriormente poder hacerlo tú. Además, crea un plan B. Incluso aunque nos enfrentemos a los miedos y demos los pasos necesarios, puede que no logremos lo que buscábamos. Plantéate alternativas, qué hacer después, cual será el siguiente paso si esto no va bien. De esta manera no tendrás la sensación de que “todo ha acabado”.

Sea como sea, ten en cuenta que el fracaso es un término algo subjetivo. ¿Qué es fracasar? ¿Qué implica en tu vida? ¿Si fracasamos una vez se acaba todo? Es una palabra y el poder de la misma reside en el significado que socialmenete y relacionalmente le hemos asignado. Si incluimos el fracaso como algo dentro del aprendizaje… ¿no cambia nuestro punto de vista?

La razón por la que el miedo a fracasar es tan intenso es por la concepción común que parecen compartir muchas personas que lo sufren. Por un lado, se asocia a sentimientos de impotencia: “Si he hecho todo lo que sabía/podía y no lo he logrado… ¿ahora qué? Nunca conseguiré mis metas”. Por otro, a veces tendemos a definirnos y calificarnos en términos de los éxitos y fracasos de nuestra vida. A veces hasta determinamos nuestra valía de ello. Pero… ¿de verdad solo somos lo que hemos hecho y lo que no? ¿Solo se basa en ello nuestra identidad?

¿Y si el fracaso es real?
Hasta ahora hemos hablado del miedo al fracaso, pero… ¿qué ocurre cuando el fracaso es real? Todos fracasamos en nuestras vidas, no una ni dos veces. Es imposible que todos nuestros proyectos e ilusiones acaben siempre en buen puerto. Y no existe una fórmula mágica para vivir ese fracaso “como si no hubiese pasado nada”, porque de hecho, vivirlo de esa manera no sería siquiera útil. La gran verdad acerca de cuando fracasamos es que hay que aprender a convivir con él cuando se da para aprender de él. Porque hasta del más estrepitoso de ellos se sacan enseñanzas: y una enseñanza, un aprendizaje siempre será un éxito. Como ya dijera Henry Ford, “el fracaso es solo la oportunidad de comenzar de nuevo de forma más inteligente.”

Dependiendo de en qué hayamos fracasado, es cierto que puede suponer un momento duro y que las emociones que vendrán serán desagradables. Pero todo ello nos está diciendo algo: que era algo que nos importaba o que al menos, nos importaba el logarlo. Aprender de ello será clave para en el futuro poder lograrlo o para aprender para otros proyectos. Un fracaso nos dice que algo no ha salido bien. Porque nos hemos equivocado o incluso por causas externas que no fueron tenidas en cuenta. Es momento de reflexión y de hacer un nuevo plan de acción para modificar lo que no nos sirve y continuar con nuestros propósitos. Y sobre todo de actuar.

Si no lo ves claro, te invito a que hagas un breve ejercicio. Piensa en la última vez que consideraste que habías fracasado en algo. ¿Lo tienes? Ahora piensa que hiciste.
Si la respuesta es sentirte triste, ansioso, deprimido… Y no salir de casa, tomarte unas copas de más, aislarte… Te invito a que pienses: ¿Para qué te sirvió? A corto plazo, ¿fue útil hacer eso? Seguro que sí. Durante unos momentos, aliviaría el malestar. Pero… ¿Cómo te sentiste los siguientes días? ¿Lograste finalmente eso que querías? A largo plazo, ¿te ayudó a lograr tus objetivos?

….

En cambio, si la respuesta es sentirte triste, ansioso, deprimido… Y aún así movilizarte para lograr lo que querías, piensa por un momento. A corto plazo, ¿qué tal? Seguramente fue duro. Te costaría, te sentirías abrumado/a… Pero, ¿A largo plazo? ¿Lograste lo que querías? ¿Te ayudó a lograr tus objetivos? Como mínimo, te permitiría acercarte a ellos. Y esto rompe con el círculo que comentábamos al principio del artículo, en el que nos inmovilizamos y comenzamos a sentirnos más insatisfechos. En cambio, nos encaminamos hacia objetivos vitales lo que a la larga, incrementa nuestra satisfacción con la vida.
En muchas ocasiones, a pesar de compartir esta visión, puede resultar muy complicado lograr hacer frente a estas emociones y más todavía si nos encontramos en un momento vital complicado.

Si necesitas asesoramiento o ayuda, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudarte. 
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jueves, 2 de marzo de 2017

Vivir el presente: ¿por qué es tan importante y cómo podemos empezar a hacerlo hoy?


“Si estás deprimido, estás viviendo en el pasado. Si estás ansioso, estás viviendo en el futuro. Si estás en paz, estás viviendo en el presente.” Lao Tse.

Cada vez estamos más familiarizados con la relevancia de aprender a estar en el aquí y el ahora.  La práctica de mindfulness está en auge, y cada vez más personas empiezan a aprender la importancia de aprender a prestar atención plena al momento presente. Pero que centrarnos en el momento presente es bueno para nuestra salud mental no es una idea nueva…  Todo lo contrario, es muy antigua. Qué mejor manera de ilustrar esto, que la frase con la que comenzamos este post y atribuida a Lao Tse, quien viviera en el siglo VI a. C.

Cuando nos anclamos al pasado, a rumiar de manera incesante sobre aquello que nos ocurrió y no podemos cambiar o sobre lo bien que estábamos antes y lo mal que estamos ahora en comparación, podemos sentir tristeza, desesperanza, rabia. Y lo peor de todo es que si no podemos hacer nada para cambiarlo y nos anclamos a ello, no podremos resolver esas emociones. Por otro lado, cuando nos atascamos en pensamientos y rumiaciones sobre lo que va a ocurrir en el futuro, caemos de nuevo en las trampas de nuestro pensamiento. ¿Alguien puede predecir lo que pasará, exactamente, en los próximos 5 minutos? Anticipar nuestro futuro no solo es inexacto, sino que en muchas ocasiones nos lleva a ponernos en lo peor y a  generarnos una ansiedad anticipatoria que bien manejada nos ayudará, pero que mal manejada podrá bloquearnos. Ahora bien, tampoco se trata de evitar pensar sobre ello. Observar nuestro pasado y nuestro futuro no implica necesariamente malestar,  evitar hacerlo también es contraproducente, el problema es anclarnos a ello… ¿Vaya lío, no?

En realidad hablamos de observar el pasado y el futuro desde nuestro presente. Esto puede parecer un pequeño matiz pero marca una importante diferencia en como conceptualizamos todo lo que nos ocurrió y lo que creemos que nos ocurrirá. Y para lograrlo, lo que tendríamos que conseguir son dos componentes fundamentales, entre otros:
Aprender a disfrutar y a vivir el aquí y el ahora, a saborear cada momento sin dedicar toda nuestra atención a lo que pensamos. Sino a lo que estamos haciendo, a lo que estamos vivenciando. Ahora.
Aprender a no juzgar nuestros pensamientos, observarlos sin juzgar. Tener un pensamiento no quiere decir ser ese pensamiento. La manera en la que pensamos y sentimos tiene sentido en tanto a nuestra historia personal en interacción con componentes biológicos. Nuestro cerebro aprende a pensar y sentir de determinada manera por lo que nos sucede desde que nacemos. Pero tenemos capacidad de decidir y actuar conforme a lo que tenemos. Podemos elegir si hacerle caso a pies juntillas a lo que pensamos, o si aceptamos que tenemos un pensamiento por la historia de nuestra vida, pero elegimos actuar conforme a nuestros valores.

Y ahora bien… ¿Cómo hacemos todo esto de “centrarnos en el momento presente”?
Practicando. En nuestro día a día, podemos realizar diferentes ejercicios cortos y sencillos de atención plena, que nos sirvan para centrarnos en el momento presente. A medida que vamos realizándolos, vamos interiorizando estas maneras de actuar y automatizando la capacidad de centrarnos en el ahora. Puede acabar, incluso, tornándose en una habilidad que podemos emplear a gusto del consumidor cuando nos sea necesario.  Existen una amplísima cantidad de ejercicios de diferente dificultad que podemos realizar, desde pequeñas cosas en nuestro día a día hasta llegar a largas y profundas meditaciones. Nosotros os queremos dejar algunos ejercicios breves, sencillos y muy conocidos de atención plena, que podéis incluir sin problema en vuestro día a día:
  • Respiración consciente: todos los días, nos dedicaremos unos minutos. En ese momento, nos permitiremos estar en contacto con nosotros mismos. Nos colocaremos cómodos, y nos centraremos en nuestra respiración: en como inspiramos y espiramos, como se siente el aire en nuestros pulmones… Si vienen pensamientos, simplemente los dejaremos estar. Detectar que estamos pensando aquí no será un error, ni estar haciéndolo mal. Es algo bueno: nos permitirá simplemente volver a atender a la respiración, cambio que cada vez podremos realizar con más facilidad.
  • Escáner corporal: en esos minutos diarios que nos dedicamos a nosotros mismos, podemos también hacer un breve escáner por todos los músculos del cuerpo. Tras centrarnos en nuestra respiración, atender a todo nuestro cuerpo desde la punta de los dedos hasta la cabeza, identificando cualquier tensión que pueda haber. La identificaremos y gentilmente, nos permitiremos soltarla. Como si cada una de esas respiraciones que hacemos recogiese la tensión de nuestro interior y la dejara marchar en cada espiración.
  • Ser conscientes de la rutina: ¿Se os ocurre alguna actividad rutinaria y breve? Lavarnos los dientes, por ejemplo. Elegid una actividad de este tipo y prestad máxima atención a lo que estáis haciendo. Como es el tacto del cepillo, la textura del dentífrico, el sabor… como si tuvieseis que describirlo al más mínimo detalle. ¿Otra actividad todavía más rutinaria? Cerrar la puerta de casa. Cuantas veces nos habrá ocurrido  el salir de casa y no recordar si hemos cerrado: es porque no estamos prestando atención. Un breve ejercicio de atención consciente es aprender a prestar atención a esas tareas que no lo hacemos: centrarnos por ejemplo en el tacto del pomo de la puerta. ¿Está frío? ¿es suave? ¿qué forma tiene?
  • Cuando tengas que esperar para algo o vayas de camino a algún sitio: Elige uno de los cinco sentidos y céntrate en el. Por ejemplo, si vas por la calle, céntrate en cómo se sienten los pies en el suelo.  Como si tuvieras que describir con exactitud cómo es el tacto del asfalto. O en tu olfato, en describir todos y cada uno de los olores de la calle por la que estás caminando.
  • Observación consciente: elige un objeto y, durante unos minutos dedícate observarlo. Obsérvalo sin juzgar, con admiración: como si fueses la primera vez en tu vida que ves algo similar. Algo con lo que puede resultar sencillo empezar, por ejemplo, es una vela. En una habitación con luz tenue, enciende una vela y obsérvala durante unos minutos, con fascinación y admiración, sin juzgar. Limítate a observarla y si aparecen pensamientos déjalos ir. ¿Qué tal la experiencia?
  • Comer consciente: ¡También con la comida podemos prestar atención plena! A día de hoy, con nuestro ritmo de vida, tendemos a comer rápido, con la televisión encendida… Prueba a, cuando puedas comer tranquilamente, comer y dedicarte única y exclusivamente a eso. A centrarte en los sabores, los olores, las texturas de la comida… sin distraer tu atención con televisión ni similares. No solo ayudará a prestar atención consciente al ahora, sino que además permitirá comer despacio y favorecerá la digestión. Y sobre todo, permitirá disfrutar al máximo de los sabores y olores, de las texturas, de la comida que hemos ingerido.

Practicar este tipo de ejercicios puede ayudarnos a, poco a poco, descentrarnos de los pensamientos que están en otro tiempo y aprender a centrarnos en la vivencia actual. ¿Por qué? Aprender a centrar la atención en algo que ocurre ahora, nos permite desarrollar cada vez más la habilidad de gestionar nuestra atención de manera que no la dediquemos en exclusiva a esos pensamientos situados en otro tiempo y de esta manera no entrar “en bucle”. No obstante, en ocasiones, puede ocurrir que ese anclaje al pasado o futuro nos supere y no nos valga con practicar ejercicios de este tipo. En ese momento, sería necesario acudir a ayuda profesional.

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lunes, 16 de enero de 2017

Emociones agradables, desagradables y la constante "búsqueda de la felicidad"

A menudo recibimos mensajes de diferente tipo incitándonos a ser positivos en todo momento, que parece nos “fuerzan” a estar contentos y nos “reprenden” indirectamente si no nos sentimos bien. Nos vemos bombardeados por imágenes y eslóganes, por frases en las redes sociales, que nos dicen que siempre tenemos  que “buscar un lado bueno pase lo que pase”, a “sonreír aunque no tengas ganas” o a “ser feliz siempre”. Cuando nos ocurre algo que nos afecta a nivel emocional o cuando nos enfrentamos a circunstancias adversas, tenemos todo el derecho del mundo a entristecernos, a enfurecernos, a pasarlo mal. Y no tienen por qué decirnos que “sonriamos aunque no queramos.”. Es completamente válido sentirnos como nos sentimos, y lo que sí tenemos que hacer frente a ello es movilizarnos y no dejar en stand-by nuestra vida.  
En general existe una tendencia a rechazar toda emoción desagradable y a solo aceptar la emocionalidad agradable. Todo el espectro agradable se asocia con un estado, en realidad complicado de definir, que sería la felicidad. De primeras, podemos decir que la búsqueda de la felicidad ha sido una constante de la vida humana y que toda persona buscaría lograrla (¡cuántas frases, disertaciones, literatura hay con respecto a ello!). Pero paradójicamente,  plantearnos como objetivo número uno el buscar la felicidad nos hace infelices. Y no hablo aquí de una filosofía u opinión, sino de lo que el estudio científico acerca del constructo de la felicidad nos revela. La psicóloga Iriss Mauss ha investigado ampliamente este precepto y ha encontrado que cuanto más valor le otorgamos a lograr “ser felices” en nuestra vida, más infelices somos. Parece que esto podría rompernos los esquemas, pero si reflexionamos acerca de lo que “es” la felicidad  tiene todo el sentido del mundo que ocurra esto.
Hablo de emociones agradables y la poca tolerancia a las desagradables ya que tiene que ver con “eso de la felicidad”. Tendemos a incluir toda esa emocionalidad agradable dentro del espectro de lo que significa ser feliz y categorizamos todas las demás como “opuestas” o “contrarias”. Por ende, buscar la felicidad sería buscar lograr estar en un estado positivo o agradable si no todo el tiempo, casi todo, el máximo posible. Ahora bien, ¿es realista estar en este estado constantemente o la mayor parte del tiempo? Me atrevería a decir que lograr la felicidad constante en estos términos es imposible, por la propia naturaleza de la vida y la vida humana.  Hasta aquí, es cierto que muchas personas pueden plantear… Yo soy feliz, aunque a veces lo pase mal. Aunque mi vida pueda ser dura. Ahí estaría la clave para no caer en la búsqueda de la felicidad que nos hará infelices. En cambio, la búsqueda de una felicidad permanente y de alta intensidad, sobrevalorando su consecución por encima de cualquier otra cosa, amigas y amigos, es lo que nos traerá problemas. Ya que es imposible de lograr y por tanto tratar de alcanzarla solo nos traerá frustración. Incluso, hará que podamos sentir mayor soledad, ya que como Mauss apunta la búsqueda de la felicidad centra el foco de atención hacia uno mismo desprendiéndose de las personas de su alrededor.
En relación con toda esta búsqueda, ocurre también que tendemos a sobreestimar el impacto de nuestras circunstancias vitales sobre esa felicidad inalcanzada. Sobre todo, existe esa esperanza de que eventos de nuestra vida como por ejemplo terminar los estudios, lograr un ascenso o mudarnos de ciudad por gusto nos van a traer esa maravillosa capacidad de ser felices constantemente, pase lo que pase. La vida, por su naturaleza, se compondrá de sucesos, situaciones, tendremos todo tipo de vivencias que podemos haber causado nosotros o no, que podremos controlar o no y que forman parte natural y lógica de la vida. Y frente a todos estos eventos y situaciones será inevitable reaccionar emocionalmente, en muchas ocasiones con tristeza, con ira, con frustración entre otras y como ejemplo. Porque es lo que nos hace humanos, a la vez nos permite crecer y aprender.
¿Pretenderíamos estar felices en el momento inmediato después de que fallezca un padre, un hijo, una pareja? ¿Pretendemos estar felices si estamos pasando por un periodo de nuestra vida de completa inestabilidad? ¿Pretendemos estar felices ya mismo si, simplemente, tenemos un mal día o nos levantamos con el pie izquierdo? Y algo muy importante en esta reflexión… ¿Cambiaríamos algo en nuestra vida, nos movilizaríamos, si estuviésemos en un estado constante de felicidad y bienestar? No, ¿verdad? No sería realista ya que es psicológicamente sano reaccionar emocionalmente a los sucesos de nuestra vida. De lo contrario, seríamos completamente insensibles.
Buscar la felicidad intensa y el bienestar constante es irreal y va a generarnos frustración, ya que nunca llegaremos a lograr alcanzarla o nos lamentaremos al comparar momentos de nuestra vida en los que fuimos más felices con el actual. Además no nos permitirá disfrutar de lo bueno de nuestra vida ya que nada será suficiente, todo nos sabrá a poco. A ello debemos sumarle que pretender estar “bien” siempre es no respetarnos a nosotros mismos. Es lícito que nos afecten diversos sucesos y tenemos derecho a vivirlos como los vivamos. Tenemos la capacidad de aunque nos afecten, movilizarnos, reaccionar y seguir con nuestra vida a pesar de ellos pero sin buscar el bienestar constante.
Dicho todo esto, tal vez sea preferible que comencemos a ver y tomarnos la felicidad como una actitud hacia la vida, una actitud para recorrerla. Una manera de afrontar activamente nuestras circunstancias, de resolver problemas, de ir hacia nuestros objetivos y nuestros valores a pesar de las circunstancias de nuestra vida. De buscar convertirnos en quien queremos ser a pesar de lo que hayamos vivido o nos quede por vivir, aceptando que ocurrirán o provocaremos situaciones y circunstancias nuevas que nos harán sentirnos mal y que no podemos cambiar nuestro pasado. Como ya dijese el psiquiatra Viktor Frankl: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. 

Si crees que podrías necesitar ayuda para gestionarte emocionalmente en este sentido o te gustaría recibir asesoramiento, no dudes en ponerte en contacto con Martinez Bardaji psicología. 

Estaremos encantadas de ayudarte. 
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viernes, 30 de diciembre de 2016

Algunas líneas acerca del fin de año...

Llega el nuevo año y de su mano ese momento de reflexión que hacen muchas personas, de balance de cómo ha sido su último año y de propósitos y metas que para el año siguiente.  No es raro vernos rodeados cada vez más, en las redes sociales, de mensajes llenos de gratitud y dicha o al contrario, de frustración, rabia y tristeza, con respecto a los últimos 365 días. Acercarnos al final de otro año supone un momento de reflexión e introspección que puede cargarnos de optimismo y energía, aunque también de todo lo contrario en función del balance que hagamos y la actitud con la que lo acojamos.

En realidad, esta revisión de nuestra vida que tendemos a hacer junto con marcarse objetivos y metas para el nuevo año no es algo negativo, independientemente de la
valencia final que le demos. Ahora bien, cuando nos apodera el sentimiento de que vendrán muchos cambios con el nuevo año cometemos un pequeño fallo: y es pensar que ese nuevo año supondrá un punto de inflexión por el que parece que las cosas serán más fáciles y sencillas, parece que esperamos que algunos cambios vengan de “manera mágica” y que de repente, por entrar a un nuevo año, nuestra vida necesariamente cambiará por sí sola sin requerir tanto esfuerzo por nuestra parte. Al leerlo, seguro que muchas y muchos pensaréis que parece obvio, que nada ocurre de manera mágica… Pero es muy común tener esa sensación de carga de energía y esperanza frente a lo que está por llegar y podemos emplearlo para poner en marcha todas las soluciones que tenemos y con las que quizá todavía no habíamos contactado. Tanto si hacemos un balance positivo como negativo del punto en el que nos encontramos, podemos aprovechar ese momento para plantearnos: ¿qué puedo hacer yo para cambiar esto que no me gusta en mi vida? Y ponerlo en práctica. A la contra, es posible que frente a esa pregunta lleguemos a encontrarnos con un “nada”, que se trate de algo que no esté en nuestra mano cambiar. Pero aún así, aunque lo pasemos mal, siempre podemos hacer algo. Siempre tendremos la capacidad de decidir si queremos dejar en stand-by nuestra vida o levantarnos y echar a caminar. 

Aunque comento aquí esta sensación de carga de energía, no serán pocas las personas que entren al nuevo año con desilusión y desánimo. Personas que hacen un balance muy negativo del año y que, en lugar de tener esa esperanza de que “todo cambiará” pueden sentir que no tienen más energías, o que les va a costar continuar. Diferentes eventos vitales podrían precipitar esta situación y a cualquier persona le podría ocurrir. Y de modo similar a lo que comentamos antes, aunque pueda resultar doloroso hacer el balance, hacerlo nos permitirá observar que tenemos de nuevo algo que siempre será nuestro y es la decisión de cómo queremos afrontar esa situación que estamos viviendo.  Si no tiene remedio y no podemos hacer nada, podemos elegir continuar viviendo como hasta ahora (que nos ha dado un balance de año muy negativo) o elegir vivir la vida como pueda vivirla en ese momento. Mejorando día a día, o pararnos y dejarnos llevar por la sensación de que todo se mueva a nuestro alrededor pero no así nosotros mismos. Ni lo bueno ni lo malo dura para siempre, pero podemos decidir como viviremos las diferentes situaciones de cada tipo. Esperamos que hayáis pasado un gran año, desde Martínez Bardaji psicología deseamos que el 2017 os depare todo lo mejor.


Y si notas que te encuentras en un momento en el que estás bloqueado o bloqueada o no te sientes bien, si te sientes identificado o identificada con algo de lo que hemos comentado pero no sabes como abordarlo, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud. Estaremos encantadas de ayudarte.
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lunes, 24 de octubre de 2016

Emociones "negativas" y su funcionalidad, ¿para qué me sirven?

“Quiero quitarme la tristeza”; “quiero quitarme la ansiedad”; “quiero quitarme la culpa”; “quiero quitarme la vergüenza”. Es habitual en el campo de la psicología que lleguen a consulta personas con estas demandas, sintiéndose superadas por estas emociones que les están implicando un importante malestar e interferencia en su día a día y con las actividades de su vida diaria. Pero lo cierto es que en general, incluso en personas que no viven esta interferencia en su vida ni se sienten desbordados, existe una extendida aversión o intolerancia hacia las emociones denominadas “negativas”. Mientras que algunos países orientales han normalizado en mayor medida esas emociones “negativas” y se permiten vivir (generando una mejor adaptación y respuesta a la emoción) las sensaciones “desagradables” parece que en nuestra sociedad existe una importante tendencia al “tengo que estar bien” constantemente y de manera instantánea. Si existiese algo que asegurase a la gente que nunca sentirá emociones “negativas” demos por seguro que en cuestión de minutos se agotarían las existencias. Pero… ¿funcionaría bien así nuestra sociedad?

Lo cierto es que esas emociones que tanto tienden a estigmatizarse tienen una función muy útil y tenemos que aprender a tolerarlas, escucharlas y vivirlas de manera normalizada cuando aparecen, ya que en esta vida nos tocará vivirlas en muchas ocasiones. Me explico aquí: es normal estar triste cuando perdemos una amistad, cuando fallece un ser querido, cuando perdemos un empleo. Es normal sentir enfado cuando alguien hace algo que nos perjudica o incluso cuando nosotros hacemos algo que no debemos y nos enfadamos con nosotros mismos. Es normal sentir vergüenza cuando hacemos algo que no estaría aceptado en nuestra sociedad y puede generar rechazo hacia nosotros mismos (o que pensamos que es así, ya que en todo momento tendrá un papel crucial la concepción que nosotros tengamos; la objetividad pura no estará y siempre va a tener una importante mediación nuestra interpretación del entorno). Es normal sentir algo de ansiedad cuando tenemos una entrevista de trabajo  o cuando nos enfrentamos a una situación completamente nueva para nosotros. Y normal sentir miedo cuando nos enfrentamos a algo que podría ser peligroso para nuestra vida (ya sea a nivel físico, o que pueda afectar a nuestro estilo de vida y bienestar). Y además de considerar el hecho de que es normal, debemos tener en cuenta que también es funcional.

Estar tristes puede llevarnos a buscar apoyo en nuestros seres queridos y fortalecer relaciones de confianza mutua; además, por otro lado, estimula una reflexión profunda que nos puede ayudar a superar eventos vitales. El enfado, si lo gestionamos adecuadamente, puede llevarnos a examinar qué es lo que ha ocurrido para poder plantear soluciones a la situación que lo genera o incluso darnos cuenta de algo sobre nosotros mismos cuando está enmascarando nuestros miedos. Sentir vergüenza en determinadas situaciones puede ayudarnos a moldear nuestro comportamiento dada la importante implicación que tiene en el modelamiento de nuestros patrones relacionales con los demás. De manera similar, la culpa puede decirnos cuándo hemos podido actuar de manera incorrecta y movernos a plantear una solución o disculparnos, ayudando a mantener relaciones positivas y sanas. La ansiedad podría ayudarnos a prepararnos una entrevista de trabajo por esa pequeña “presión” y hacerla mejor de lo que nosotros creíamos. Y por último el miedo, históricamente nos ha ayudado a sobrevivir. Además, sea como sea ansiedad y miedo nos proporcionan un increíble “chute” de energía que puede sernos útil. Por ende, vemos que esas emociones tan “desagradables” parecen tener una función lógica en nosotros como seres humanos y sociables. Nos ayudan a relacionarnos y a gestionarnos a nosotros mismos, a tomar una dirección. En general, las emociones negativas nos hacen centrar nuestra atención en aspectos sobre nosotros mismos, nuestra vida o nuestras relaciones. Y esto en realidad no tiene nada de negativo, ya que focalizar la atención en aquello que no va bien puede permitirnos identificarlo para comenzar a poner en marcha mecanismos de búsqueda y aplicación de soluciones.

Las emociones que sintamos ante diferentes situaciones variarán por supuesto en cada persona, lo que no quiere decir que sean incorrectas en unas y correctas en otras. Que una persona se sienta de determinada manera frente a determinada situación es válido en tanto que lo vive así, por su historia personal y forma de ser, y si lo acepta y gestiona eficientemente no habrá problema alguno. Ahora bien, esa visión tan negativista y actitud de rechazo que parece que tendemos a profesar hacia las emociones negativas favorece una muy baja tolerancia hacia estas emociones y una gestión poco eficiente. Incluso, en relación con esto, concepciones de género sobre qué emociones pueden y no pueden tener hombres y mujeres (algo completamente irreal, ya que todos sienten todas las emociones y tienen derecho a expresarlas) tiene un papel importante aquí. De esta manera, favorecerá que estas emociones “negativas” pero útiles se tornen disfuncionales. Aprender a normalizarlas y a aceptarlas ayudará a vivirlas mientras hay que vivirlas, forman parte de la vida. Y gestionarlas y vivirlas “cuando toca” nos permitirá que no queden mantenidas o enquistadas. Por ejemplo con la tristeza, está bien estar triste en ocasiones. Si cuando lo estamos nos permitimos estarlo, lo expresamos, lloramos… Estamos gestionando esta tristeza, y al tiempo se desvanecerá para dejar paso a otras emociones. En cambio no tolerarla e intentar reprimirla hará que vuelva a la carga y con más fuerza. Podrá quedar enmascarada bajo otras emociones intensas como la ira, pero tarde o temprano volverá a nosotros.

Partiendo de la normatividad de las emociones negativas, debemos tener en cuenta que es cierto que en algunas ocasiones las emociones pueden no surgir en el momento adecuado, que son mucho más complejas de lo que describimos anteriormente y que pueden aparecer patrones disfuncionales. La tristeza extrema puede dar la sensación de paralizar, a veces puede aparecer la culpa debida a cogniciones distorsionadas en situaciones en las que no es realista sentirla (por ejemplo una persona que ha sufrido bullying o maltrato y se siente culpable porque atribuye a sí mismo algo que no debería). A veces cuesta mucho identificar y comprender las emociones negativas y en ocasiones nos pueden desbordar. Es en estos momentos cuando la ayuda profesional sería necesaria, para gestionar aquello que se “sale de la norma” pero que dada la historia personal de cada uno es comprensible y lógico que aparezca. Para posteriormente, poder vivir las emociones negativas con la normalidad y función que tienen pero sin que generen interferencia en nuestro día a día.

Si crees que podrías necesitar aprender a comprenderte y gestionarte mejor emocionalmente,  no dudes en ponerte en contacto con nosotros y te orientaremos de la mejor forma posible.  
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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Perfeccionismo: ¿Por qué y como afecta a una persona?

Intentar hacer las cosas lo mejor posible, ya sea en el ámbito personal o profesional no tiene nada de malo. Ahora bien, en ocasiones este ansia puede rozar el extremo del perfeccionismo y esto sí nos puede generar consecuencias negativas, un malestar tanto a nivel individual como en las relaciones con los demás. 
Una persona perfeccionista es aquella que nunca logra ver cumplidas sus expectativas en sus metas y objetivos. Vive con una sensación de que debe rendir más del 100% en todo lo que hace, lo que es físicamente imposible. Este deseo de alcanzar la perfección en todo lo que hacen genera que se pongan objetivos y metas alejados de la realidad y que por tanto lo más probable es que no consigan, generando una importante frustración y una sensación constante de insatisfacción consigo mismos. Es por tanto la creencia de que se debe alcanzar la perfección en todo lo que se haga desde el minuto cero. Incluso a pesar de saber que esto no es factible, las personas perfeccionistas se exigen a sí mismas este grado de desempeño y pueden llegar a ser brillantes en lo que hagan, pero con una importante ansiedad y sufrimiento acompañante.
Por lo general, alguien perfeccionista tiende a serlo desde la infancia, tal vez en el ámbito de los estudios y generalizando a los demás aspectos de su vida cotidiana y su día a día a medida que crece. Independientemente de cómo se manifieste, es en esta etapa vital cuando la persona perfeccionista comienza a desarrollar este rasgo.  A lo largo de su vida, probablemente haya aprendido que obtenía valoración de los demás por sus logros y no por sus cualidades personales. Es posible que en su ambiente cercano los fallos no sean bien tolerados y se conciban como algo terrible. En este contexto, el ambiente familiar influye directamente. Si la dinámica que mantiene el núcleo familiar es muy rígida y/o autoritaria, si existe una tendencia al perfeccionismo en alguno de los padres (o ambos) es normal que al final la persona perfeccionista resulte serlo: ya que lo ha aprendido desde la más tierna infancia en su hogar y es el patrón normal de comportarse. Si además a esta persona sólo se la elogiaba por sus éxitos y no recibió aprobación si no lograba un éxito importante, buscará el perfeccionismo ya que de lo contrario tiene la sensación constante de estar fracasando. Personas que hayan sufrido algún tipo de acoso también pueden tender al perfeccionismo como modo de lograr la aceptación.

Una vez formado este rasgo, el perfeccionismo extremo generará consecuencias psicológicas negativas en la persona. Partiendo de la tendencia comentada a marcarse metas u objetivos que en muchas ocasiones son irracionales, se toparán por tanto con lo que considerarán fracasos. Ya que no cumplen nunca o casi nunca sus propias expectativas, a pesar de haber invertido un número de horas al día enorme (y pudiendo dejar de lado su vida personal), no perciben apenas éxitos o satisfacción con lo que hacen en su día a día. Esto genera una importante frustración y presión, convirtiéndose en un obstáculo para lograr metas más asequibles. Rechazan cualquier mínimo error y además cualquier fallo lo achacan a su propia valía personal, de modo que afecta a su confianza, seguridad y autoconcepto.
Como se podría incluso intuir, una vez una persona entra en este círculo podrían comenzar a aparecer ansiedad y depresión. Pero además se marcará por una importante rigidez e inflexibilidad a nivel cognitivo que les lleva también a la frustración. Ya que desde esta concepción las cosas tienen que ser siempre de una misma manera y esta manera será siempre la ideal, no aceptarán “parecidos”. El perfeccionista además querrá tenerlo todo controlado, impidiéndole disfrutar del día a día y retroalimentando esa emocionalidad negativa.
El perfeccionista es probable que lo sea también para con sus relaciones personales. Tendrán la tendencia a querer decir siempre lo correcto, actuar de modo apropiado, no quedar mal nunca y no cometer errores con los demás, lo que generará importante ansiedad. Si esto se produjese, tiende a anticipar o temer el rechazo de los demás, reaccionando de manera desproporcionada a las críticas y frustrando tanto a los demás como a sí mismo. Además con frecuencia tienden a exigir a los demás estándares tan altos como los que a sí mismos… Siendo poco tolerantes y demasiado críticos.

¿Cómo piensa un perfeccionista?
Habiendo abordado brevemente cómo se “forma” y en qué consiste ser perfeccionista, cabe hablar sobre cómo piensan estas personas. En primer lugar, tienen pensamientos relacionados con un miedo irracional al fracaso, creen que no valen si fracasan y no lograr la perfección desde el principio es procesado como tal. Tienen un intenso miedo a cometer errores, porque supone un fracaso. Pero además se incluye un componente de miedo a la desaprobación de los demás, la gente perfeccionista percibe que serán rechazados si cometen estos errores.
Van a pensar en términos dicotómicos de todo o nada: no tendrán en cuenta los puntos intermedios. Y además basan su vida en cosas que deberían estar haciendo o cumpliendo (debería gastar menos, debería tener un trabajo mejor, debería estar a la altura). Por último, tenderán a pensar que los demás tienen más éxito y con más facilidad que ellos mismos, y que no cometen errores, incluso si se trata de personas muy exitosas y esta creencia no se fundamenta en nada real.
Por todo lo anterior, podemos concluir que el perfeccionismo genera un círculo vicioso. Genera a la persona buscar cumplir expectativas para consigo mismo que no podrá conseguir, con ideales y pensamientos de perfección, generando frustración, inseguridad y baja autoestima. Eso no ayudará a alcanzar esas metas que ya eran complicadas y retroalimentará la emoción anterior. Además, influirá también en sus relaciones personales: anticipa o teme el rechazo de los demás, reacciona desproporcionadamente a las críticas y genera frustración incluso a las demás personas. Como añadido, puede que exijan si tienen que trabajar  con otras personas los mismos estándares que se marcan a sí mismos, entorpeciendo la relación con los demás.

¿Qué puedo hacer si me identifico como perfeccionista?
El perfeccionismo excesivo puede requerir de atención profesional cuando se lleva al extremo en algunas personas, ya que a nivel emocional les habrá repercutido. No obstante, en el día a día una persona con cierta tendencia al perfeccionismo puede hacer cosas para no caer en el círculo vicioso del que hablamos con anterioridad. Algunas pautas a seguir en este tipo de personas pueden ser:
  • Establecer metas razonables y realistas. Debemos ser realistas a la hora de establecer nuestros objetivos. No podemos pretender alcanzar la perfección desde el minuto cero, por lo que debemos hacer un ejercicio de objetividad y examinar qué es realista de acuerdo con nuestras capacidades y necesidades personales.
  • Establecer metas sucesivas de un modo secuencial, paso a paso. Cuando tengamos un objetivo en mente, en lugar de buscar lograrlo ya, identificaremos todas las sub-metas a las que tendríamos que llegar para lograrlo. Cada vez que se alcance una, poner algo más que hacer por encima pero dentro del realismo.
  • Mentalizarnos de que no siempre podemos ni dar el 100% ni obtener un éxito del 100%. Establecer diferentes niveles de ejecución y éxito para las diferentes tareas, de modo en el que seamos honestos con nosotros mismos y veamos que no podemos ni necesitamos dar lo mejor de nosotros mismos en todo. No todo se nos puede dar bien.
  • Centrarnos en el propio proceso de lo que hagamos más que en el resultado. Ir evaluando el éxito en función de las mejoras y del disfrute de hacer y no únicamente en función del éxito o logro final.
  • Analizar cómo nos sentimos y qué quiere decir. Identificar exactamente qué ocurriría si no logramos el éxito o a que le tenemos miedo realmente.
  • Por último, y en relación con lo anterior, afrontar los miedos que identificamos. ¿Tan terrible sería que ocurriese aquello a lo que le temo? ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Qué probabilidades reales hay de que ocurra? 

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jueves, 4 de agosto de 2016

Fobia a volar: tratamiento mediante realidad virtual

Entrado Agosto nos encontramos en el período vacacional por excelencia, tiempo marcado por los viajes y el turismo. Gran parte de estos viajes suponen montar en avión, lo que implica un importante malestar o inquietud, incluso miedo, para muchas personas. Tal es el malestar que sufren algunas personas frente a la idea de subirse a un avión que pueden incluso decidir no hacerlo y renunciar a viajes por no tener que pasar por ello.

Según diferentes estadísticas, en torno al 10-15% de la población experimenta miedo a volar, independientemente de su cultura, formación, sexo o edad; se trata de un miedo bastante común. Puede aparecer en diferente intensidad, desde un malestar que haga del viaje un “mal trago” pero pueda realizarlo hasta una fobia que impida subir y provoque miedo con solo imaginarlo. En estos casos, los síntomas más comunes tienen que ver con una intensa ansiedad acompañada de pensamientos que pueden incluir ideas relacionadas con sufrir un accidente o con perder el control y/o sufrir un ataque de pánico entre las más comunes.  Debido a estos síntomas, algunas personas optan por realizar lo que se denominan conductas de evitación para evitar sentir esa ansiedad y pensamientos. Estas conductas pueden ir desde tomar grandes dosis de tranquilizantes o alcohol hasta, directamente, no tomar el vuelo y justificarlo posteriormente. No obstante, estas conductas no resultan en absoluto efectivas. Lo único que hacen es mantener el miedo a volar ya que no permiten que la persona que lo sufre se vea capaz de afrontar el vuelo sin tomarse nada o directamente empeora el miedo al no haberse visto capaz de subir.

Para poder superar el miedo a volar la clave reside en enfrentarse a este último, sentir la ansiedad que produce la situación y conseguir que esta vaya disminuyendo por habituación. En esto consiste una de las técnicas psicológicas más eficaces para el tratamiento del miedo a volar: en exponer a situaciones relacionadas con el vuelo y a la propia situación de vuelo, para conseguir habituar la ansiedad y que en el futuro no vuelva a aparecer. No obstante, por motivos logísticos (no podemos montar en un avión varias veces en un día, ni saldría rentable, ni muchas personas aceptarían…) puede resultar complicado. Hasta ahora, para compensar estas dificultades en terapia psicológica  se habían empleado técnicas de exposición en imaginación, pero las nuevas tecnologías nos abren nuevas opciones de tratamiento. En concreto la realidad virtual supone una alternativa altamente eficaz para el tratamiento de la fobia a volar.

Gracias a la tecnología de realidad virtual, se pueden realizar exposiciones a diferentes situaciones relacionadas con el vuelo (como pasar por la puerta de embarque o ir en taxi hacia el aeropuerto) y al mismo vuelo, incluyendo diferentes momentos temporales y situaciones que pueden darse en él (por ejemplo el despegue, el aterrizaje, turbulencias...), dentro de la propia consulta del terapeuta. Además permite al terapeuta controlar todo lo que la persona verá a través de la realidad virtual, superando en gran medida las limitaciones de la exposición mediante imaginación y permitiendo una exposición personalizada e individualizada. Esta tecnología permite repetir todas las veces que sea necesaria la exposición cualquiera de las fases o situaciones posibles de vuelo que generen ansiedad, hasta que consigamos que esta deje de aparecer. De acuerdo con estudios realizados en los últimos años, esta tecnología altamente inmersiva permite realizar el tratamiento de la fobia a volar con resultados muy similares a los de la exposición en vivo, igual de eficaces, y en un contexto seguro y completamente personalizado.

En Martinez Bardaji psicología ofrecemos esta opción de tratamiento mediante realidad virtual para el miedo a volar, así como para otras fobias y miedos. ¡No dudéis en preguntar! 
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jueves, 28 de julio de 2016

Realidad virtual en terapia psicológica

¡Incorporamos tecnología de realidad virtual en nuestro centro!

Las nuevas tecnologías ofrecen importantes avances en torno a los tratamientos en el campo de la salud y ya no solo en el aspecto físico, sino también en el psicológico. La realidad virtual en concreto, es un instrumento que beneficia enormemente el tratamiento psicológico. Empresas como Psious comienzan a desarrollar tecnologías de realidad virtual específicamente diseñadas para el tratamiento de diversas problemáticas relacionadas con la ansiedad. Dada la alta eficacia que está demostrando la terapia asistida con realidad virtual, desde Martinez Bardaji psicología estamos emocionadas de anunciar que comenzamos a ofreceros la posibilidad de realizar terapia asistida con realidad virtual. A continuación, os dejamos un breve vídeo explicativo acerca de en qué consiste, cómo se utiliza y sobre qué aspectos psicológicos puede beneficiar el uso de la realidad virtual.
Seguimos formándonos para ofreceros la mejor atención.


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