jueves, 4 de agosto de 2016

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Fobia a volar: tratamiento mediante realidad virtual

Entrado Agosto nos encontramos en el período vacacional por excelencia, tiempo marcado por los viajes y el turismo. Gran parte de estos viajes suponen montar en avión, lo que implica un importante malestar o inquietud, incluso miedo, para muchas personas. Tal es el malestar que sufren algunas personas frente a la idea de subirse a un avión que pueden incluso decidir no hacerlo y renunciar a viajes por no tener que pasar por ello.

Según diferentes estadísticas, en torno al 10-15% de la población experimenta miedo a volar, independientemente de su cultura, formación, sexo o edad; se trata de un miedo bastante común. Puede aparecer en diferente intensidad, desde un malestar que haga del viaje un “mal trago” pero pueda realizarlo hasta una fobia que impida subir y provoque miedo con solo imaginarlo. En estos casos, los síntomas más comunes tienen que ver con una intensa ansiedad acompañada de pensamientos que pueden incluir ideas relacionadas con sufrir un accidente o con perder el control y/o sufrir un ataque de pánico entre las más comunes.  Debido a estos síntomas, algunas personas optan por realizar lo que se denominan conductas de evitación para evitar sentir esa ansiedad y pensamientos. Estas conductas pueden ir desde tomar grandes dosis de tranquilizantes o alcohol hasta, directamente, no tomar el vuelo y justificarlo posteriormente. No obstante, estas conductas no resultan en absoluto efectivas. Lo único que hacen es mantener el miedo a volar ya que no permiten que la persona que lo sufre se vea capaz de afrontar el vuelo sin tomarse nada o directamente empeora el miedo al no haberse visto capaz de subir.

Para poder superar el miedo a volar la clave reside en enfrentarse a este último, sentir la ansiedad que produce la situación y conseguir que esta vaya disminuyendo por habituación. En esto consiste una de las técnicas psicológicas más eficaces para el tratamiento del miedo a volar: en exponer a situaciones relacionadas con el vuelo y a la propia situación de vuelo, para conseguir habituar la ansiedad y que en el futuro no vuelva a aparecer. No obstante, por motivos logísticos (no podemos montar en un avión varias veces en un día, ni saldría rentable, ni muchas personas aceptarían…) puede resultar complicado. Hasta ahora, para compensar estas dificultades en terapia psicológica  se habían empleado técnicas de exposición en imaginación, pero las nuevas tecnologías nos abren nuevas opciones de tratamiento. En concreto la realidad virtual supone una alternativa altamente eficaz para el tratamiento de la fobia a volar.

Gracias a la tecnología de realidad virtual, se pueden realizar exposiciones a diferentes situaciones relacionadas con el vuelo (como pasar por la puerta de embarque o ir en taxi hacia el aeropuerto) y al mismo vuelo, incluyendo diferentes momentos temporales y situaciones que pueden darse en él (por ejemplo el despegue, el aterrizaje, turbulencias...), dentro de la propia consulta del terapeuta. Además permite al terapeuta controlar todo lo que la persona verá a través de la realidad virtual, superando en gran medida las limitaciones de la exposición mediante imaginación y permitiendo una exposición personalizada e individualizada. Esta tecnología permite repetir todas las veces que sea necesaria la exposición cualquiera de las fases o situaciones posibles de vuelo que generen ansiedad, hasta que consigamos que esta deje de aparecer. De acuerdo con estudios realizados en los últimos años, esta tecnología altamente inmersiva permite realizar el tratamiento de la fobia a volar con resultados muy similares a los de la exposición en vivo, igual de eficaces, y en un contexto seguro y completamente personalizado.

En Martinez Bardaji psicología ofrecemos esta opción de tratamiento mediante realidad virtual para el miedo a volar, así como para otras fobias y miedos. ¡No dudéis en preguntar! 
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jueves, 28 de julio de 2016

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Realidad virtual en terapia psicológica

¡Incorporamos tecnología de realidad virtual en nuestro centro!

Las nuevas tecnologías ofrecen importantes avances en torno a los tratamientos en el campo de la salud y ya no solo en el aspecto físico, sino también en el psicológico. La realidad virtual en concreto, es un instrumento que beneficia enormemente el tratamiento psicológico. Empresas como Psious comienzan a desarrollar tecnologías de realidad virtual específicamente diseñadas para el tratamiento de diversas problemáticas relacionadas con la ansiedad. Dada la alta eficacia que está demostrando la terapia asistida con realidad virtual, desde Martinez Bardaji psicología estamos emocionadas de anunciar que comenzamos a ofreceros la posibilidad de realizar terapia asistida con realidad virtual. A continuación, os dejamos un breve vídeo explicativo acerca de en qué consiste, cómo se utiliza y sobre qué aspectos psicológicos puede beneficiar el uso de la realidad virtual.
Seguimos formándonos para ofreceros la mejor atención.


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martes, 17 de mayo de 2016

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Procrasti¿-qué? Consejos para evitar la procrastinación

“Mañana lo hago”, “El lunes empiezo”, “La próxima vez no me pasará esto, me organizaré de otra manera”. ¿Te son comunes estas afirmaciones o declaraciones de intenciones? ¿Organizas tu agenda como si el día tuviera 32 horas con la creencia de que vas a ser capaz de llegar a todo? ¿Tienes la convicción de que todo es cuestión de tener voluntad para realizar la totalidad de lo planificado?
Lo cierto es que todo el mundo alguna vez ha postergado alguna tarea para el día siguiente que podía o necesitaba hacer en ese momento. Sin embargo, cuando esta actitud se repite con demasiada frecuencia en nuestras vidas se vuelve un hábito y se convierte entonces en un importante límite para alcanzar nuestros objetivos, ya sean triviales o sean relevantes (como por ejemplo, estudiar para un examen o preparar una reunión de trabajo).
La postergación o procrastinación, más allá del falso alivio del primer momento, implica un gran desgaste que puede dar lugar a la generación de emociones negativas tales como culpa, angustia o frustración. A esto se le suma el círculo vicioso en el que se puede llegar a adentrar uno, lamentándose de manera continua sobre esta situación y sin intentar buscar soluciones. Por tanto, no es difícil imaginar la repercusión que tiene este hábito en la vida cotidiana de una persona, así como en el ámbito psicosocial y laboral. No olvidemos tampoco que esta práctica es una repercusión hacia nosotros mismos puesto que generalmente tendemos a postergar nuestras propias actividades, y no tanto las que nos han ordenado otras personas.
Sin embargo, no todo es negativo. Al igual que la procrastinación es un hábito que hemos aprendido, de la misma manera podemos desaprenderlo. ¿Cómo? A continuación de damos una serie de claves que te ayudarán a dejar de postergar.

1. Empieza ya y olvida el día “ideal”. Cambia tus creencias irracionales como por ejemplo: “No pasa nada si no lo hago ahora”, “Aún tengo tiempo”, “Lo haré más adelante”, “No sé cómo hacerlo”, “Me da pereza”, “No seré capaz”, etc. Rompe con ese esquema; ponte manos a la obra y verás como poco a poco tú mismo/a te animas a continuar trabajando en tus metas sin necesidad de aplazarlas continuamente.
2. Divide las tareas y prioriza. Divide tus metas en metas a largo, medio y corto plazo para que sea más fácil determinar las que son diarias y las que debes de priorizar. Como regla general, trata de hacer primero las tareas más difíciles o las que menos disfrutas, con el objetivo de mantenerte motivada/o y productiva/o resolviendo un desafío temprano.
3. Diferencia entre lo urgente y lo importante. Distingue cuáles son las cosas importantes para ti (por ejemplo, pasar más tiempo con la familia, empezar una dieta, o buscar trabajo). Efectivamente, los asuntos urgentes a veces necesitan atención al momento, pero en otras ocasiones, somos nosotros/as mismos/as quienes les damos a ciertas cosas el carácter de urgente sin serlo tanto para evadirnos de otras cuestiones importantes, ya sea por falta de confianza o incluso porque no nos atraiga mucho realizarlas independientemente de su importancia. En estos casos, es útil establecernos una cantidad de días específicos para hacer la actividad elegida, pautando desde el principio cuántos días por semana y horas por día vamos a dedicarle.
4. Poner énfasis en predisponernos para la acción. Asimismo, otra actitud efectiva en este sentido, es concentrarnos en todas las cosas positivas que nos va a traer el hacer aquello que estamos dejando para después. De esta forma, desviamos la atención de los aspectos negativos y la fijamos en aquellos que nos ayudarán a conseguir nuestros propósitos.
5. Delega si es necesario. Si existen algunos asuntos que crees que se pueden resolver delegándolos en otras personas, también puedes hacerlo. A veces elegir esta opción en el momento adecuado puede resultar beneficioso en tareas urgentes que haya que resolver con rapidez, pero que no son importantes, es decir, no se dirigen a tus objetivos ni exigen que estés involucrado/a.
5. Premiarse a uno/a mismo/a. Salir a caminar, ver una película, escuchar música, quedar con los amigos/as, etc., es una forma de asociar la nueva conducta con algo placentero, aumentando así las posibilidades de que se repita.

Todos los consejos aquí mencionados te ayudarán a llevar mejor tus actividades y a hacer que lo único que dejes para después sea la procrastinación. No obstante, eres tú la única persona que puede decidir hacer que las cosas cambien. Adopta un rol activo ante tu propia vida. Eres tú la/él protagonista de ella.
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viernes, 8 de abril de 2016

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Bajo deseo sexual

La falta de deseo sexual es uno de los problemas sexuales más frecuentes y  puede deteriorar la relación de pareja e incluso causar ansiedad y malestar psicológico en la persona que lo padece. Te explicamos qué es, qué puede provocarlo y qué tratamientos se pueden seguir para recuperar la apetencia sexual.



¿Qué es?
El concepto de bajo deseo sexual es un concepto de naturaleza diversa y un tanto ambiguo pues dependiendo de la perspectiva desde la cual lo abordemos podremos llegar a una definición u otra. De manera concreta y sintética, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales define el deseo sexual hipoactivo como la disminución o ausencia de fantasías y deseos  de actividad sexual de forma persistente o recurrente, que provoca malestar intenso en la persona que lo padece o dificultades en la relación interpersonal. No obstante, cabe preguntarse si el deseo se circunscribe únicamente a actividades relacionadas con los genitales y con la consecución del orgasmo, o si va más allá de ese “todo o nada”. Asimismo, es importante destacar la diferencia entre bajo deseo sexual y los diferentes grados y frecuencias de la actividad sexual en el marco de la relación de pareja. –Que mi pareja tenga mayor deseo sexual, no significa necesariamente que yo tenga problemas de bajo deseo sexual-.
La afección por falta de deseo puede ser primaria –cuando la persona nunca ha sentido mucho interés sexual-, o secundaria –cuando la persona que anteriormente solía sentir deseo sexual y disfrutaba del sexo, deja de experimentar interés-. Esta falta de deseo también puede ser generalizada –no se experimenta deseo ni hacia la pareja ni hacia ninguna fuente de deseo-, o situacional –se puede experimentar falta de deseo de forma habitual en función de las circunstancias o con determinadas personas, como por ejemplo, su pareja-. En el polo más extremo, se encontraría la aversión sexual, en la que la persona no sólo carece de deseo sexual, sino que encuentra al sexo como algo ‘sucio’ o repugnante.

¿Qué causas reducen el deseo sexual?
Los factores que originan y mantienen el bajo deseo sexual pueden ser biológicos/orgánicos, psicológicos, o socioculturales; interrelacionándose en todo momento los tres, es decir, cualquiera que sea el factor que lo provoque, afecta a los otros dos.
            -En lo que respecta a las causas biológicas/orgánicas, la alteración de niveles hormonales, como por ejemplo de la testosterona o de la prolactina, o la toma de determinados medicamentos, como antidepresivos o para la hipertensión, así como el padecimiento de alguna enfermedad, tiene repercusiones en nuestra biología, y por tanto, en el funcionamiento de nuestra respuesta sexual y de nuestro deseo.
-Entre las causas psicológicas, padecer de estrés, estar pasando por una depresión, la baja autoestima, el desconocimiento del funcionamiento erótico-sexual del propio cuerpo o de la persona con la que se mantengan relaciones sexuales, el aburrimiento y la rutina en estas relaciones, la anorgasmia, la eyaculación precoz, o el dolor durante el coito, entre otras, también afectan al nivel de deseo sexual. Los problemas de pareja son a su vez causa y consecuencia del bajo deseo sexual en muchos casos.
-En la esfera sociocultural, hablamos de relaciones interpersonales y de normas sociales acerca de cómo debemos funcionar y actuar en la esfera sexual, es decir, qué se espera de nosotros y de los otros. Esta preocupación y la búsqueda de la ‘normalidad sexual’ también afecta al deseo sexual.

¿Qué tratamientos se pueden seguir?
La idea de que no existe solución, o de que el deseo ya volverá, suele ser común, por lo que se dejan pasar las semanas, meses y puede que incluso años, sin que esta situación mejore. Pero lo cierto es que habituar a postergar el tiempo y a ocultar el problema, puede generar un conflicto tanto individual, como de pareja, si es que se tuviera.
El primer paso será detectar la causa del problema, es decir, conocer de dónde viene para solucionarlo y reorientarlo en la medida de lo posible. Es importante descartar causa orgánica, y en el caso de que esta fuese el origen, consultar con un/a especialista médico. En el caso de la causa sea psicológica, hecho que es bastante común, la terapia sexual y/o de pareja resulta efectiva en la mayoría de los casos.
Si la relación de pareja está dañada o es conflictiva con peleas y discusiones frecuentes, será esencial trabajar el reencuentro en la pareja, ya que sin este el deseo sexual es difícil que surja y se mantenga.
Así mismo, en las terapias sexuales también es importante (re)dirigir la atención a lo sexual, ya sea a través de estímulos internos (prestar atención a nuestros pensamientos eróticos, a las sensaciones de excitación, etc.), como a través de estímulos externos (fomentar la fantasía erótica, estar atentos/as de caricias que estimulen nuestros sentidos, elaborar juegos de seducción en la pareja, etc). También será conveniente explorar y conocer nuestros deseos propios, practicar relajación para disminuir el estrés y la ansiedad, entre otros aspectos. En ocasiones también puede ser necesario iniciar un  proceso de psicoterapia si la causa del bajo deseo sexual se debe a problemas relacionados con la autoestima, o con alguna experiencia sexual traumática, u otro problema que pueda estar influyendo.
Finalizar recalcando algo que nos parece importante, y es que la insatisfacción sexual propia o la de nuestra pareja debe ser algo en lo que prestar atención pues a la larga una insatisfacción recurrente puede convertirse en un impedimento para el deseo sexual propio.
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miércoles, 23 de marzo de 2016

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Depresión infantil

La depresión no sólo es cosa de adultos. A pesar de que su existencia en la infancia ha sido cuestionada durante muchos años, lo cierto es que también afecta a niños y niñas, siendo básicamente similar a la de los adultos aunque con algunas variaciones en su expresión.
Tanto es así que, según la Organización Mundial de la Salud, la prevalencia de la depresión infantil se sitúa en torno a un 3%, aumentando este porcentaje conforme aumenta la edad, correspondiendo así a un 6% en la adolescencia.

Ahora bien, hay que distinguir cuándo realmente hay una depresión y cuándo el niño solamente está triste, ya que muchas veces los niños, al igual que los adultos, se ponen tristes. Pero eso no significa que estén deprimidos. Cuando hablamos de depresión estamos hablando de un problema complejo, de un trastorno del estado de ánimo, constituido por sentimientos negativos, conductas inadecuadas y pensamientos distorsionados. En este sentido, el niño deprimido está mucho más triste, más a menudo, y durante más tiempo. Pero en cualquier caso, para conocer si un niño presenta depresión o no debe ser evaluado por un profesional de la salud mental.



Aunque no existan dos depresiones exactamente iguales, en función de la edad se presentan una serie de síntomas. En este sentido, aunque la depresión de un niño y la de un adolescente constituyen el mismo trastorno, los cambios biológicos, psicológicos y sociales que se dan con la edad explican que la depresión muestre ligeras variaciones en función de las etapas del desarrollo infantil. Así pues, los principales síntomas clínicos acompañantes en la depresión infanto-juvenil en función de su edad son:
Niños/as menores de 7 años. El síntoma más frecuente es la ansiedad y ánimo deprimido. Se muestra irritabilidad, rabietas frecuentes, llanto inmotivado, o quejas somáticas (cefaleas, dolores abdominales). También se manifiesta una pérdida de interés por los juegos habituales, alteraciones del sueño, cansancio excesivo o falta de voluntad o de energía para hacer algo o para moverse. Asimismo, pueden presentar variaciones de peso, retraso psicomotor o dificultad en el desarrollo emocional.
En los niños pequeños, el trastorno depresivo mayor se asocia con frecuencia con los trastornos de ansiedad, las fobias escolares y los problemas de control de esfínteres (encopresis y/o enuresis).
Niños/as de entre 7 años y adolescentes. Los síntomas se presentan fundamentalmente en 3 ámbitos:
a) Ámbito afectivo y conductual: irritabilidad, agresividad, agitación o inhibición psicomotriz, astenia, apatía, tristeza, sensación frecuente de aburrimiento, culpabilidad, y en ocasiones, ideas recurrentes de muerte.
b) Ámbito cognitivo y escolar: baja autoestima, falta de concentración, disminución del rendimiento escolar, fobia escolar, trastornos de conducta en el colegio y en la relación con los pares.
c) Ámbito somático: dolores abdominales, cefaleas, problemas en el control de esfínteres, trastornos del sueño, bajo peso, y disminución o aumento del apetito.
AdolescentesAparecen más conductas negativistas y disociales, consumo de alcohol y sustancias, irritabilidad, inquietud, mal humor y agresividad. Asimismo, sentimientos de no ser aceptado, falta de colaboración con la familia, aislamiento, descuido del aseo personal y autocuidado, hipersensibilidad con retraimiento social, tristeza, anhedonia, autorreproches, disgusto por la imagen corporal propia y disminución de la autoestima. En ocasiones pueden tener ideas catastrofistas y pensamientos relativos al suicidio.
Es frecuente que el trastorno depresivo se presente asociado a trastornos disociales, trastornos de ansiedad, trastornos por déficit de atención, trastornos por abuso de sustancias y trastornos de la conducta alimentaria.

Entre las principales causas de la depresión infantil,  se da una interacción de variables tanto de carácter biológico como social. No obstante, es necesaria la existencia de una vulnerabilidad personal, familiar y ambiental que facilite el desarrollo del trastorno. En este sentido, la depresión puede surgir a causa de "cambios importantes” y estrés como resultado de la pérdida de alguno de los progenitores, un divorcio, problemas familiares, o dificultades en la interacción con otros niños/as, entre otros.
Las consecuencias de la depresión afectan tanto al ámbito personal, como social, familiar y escolar del niño/a. Así pues, la repercusión de los síntomas descritos anteriormente se reflejará en el área escolar por un bajo rendimiento académico. Por otra parte, las relaciones sociales y familiares también se verán alteradas por su inestabilidad emocional y su posible tendencia al aislamiento. Todo ello suele desembocar en un retraso en el desarrollo intelectual y social del menor. 
Por último, al igual que en el caso de la depresión adulta, el tratamiento de la depresión infantil debe ser individualizado, adaptándolo al niño/a y a su fase de desarrollo, y teniendo en cuenta su funcionamiento cognitivo, maduración afectiva y su capacidad de mantener la atención. Resultará indispensable que en el tratamiento se involucre a los padres, interviniendo en el entorno del niño (familiar, social y escolar). Asimismo, el tratamiento será de índole psicológico, combinado con fármacos prescritos por el médico especialista, en el caso que se considerase necesario.
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